Argentina: Inflación recargada

Publicado el diciembre 12, 2016, Bajo Columna de opinión, Autor Roberto_Benavides.

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Por David Cufré, 10 de diciembre de 2016, Pagina12 / Panorama económico

El aumento del 6 por ciento en la cotización del dólar durante el último mes, desde el triunfo de Donald Trump en Estados Unidos, le agrega picante a la inflación. Para la castigada industria de línea blanca, por ejemplo, la incidencia de insumos importados sobre su estructura de costos es del 60 por ciento.

Es decir que para compensar el alza de la divisa debería ajustar los precios de las heladeras y los lavarropas al menos 3,5 por ciento si no quiere ceder márgenes de rentabilidad, de por si comprimidos por la avalancha de importaciones. En el caso de los fabricantes de motos es peor. La participación de insumos importados en sus costos trepa al 65 por ciento, con lo cual una moto que hoy llega al público a 30 mil pesos debería pasar a 31.200 por el salto cambiario (que fue de 15,24 pesos el 8 de noviembre a 16,19 el último miércoles).

Las terminales automotrices requieren de un 50 por ciento en promedio de insumos del exterior. La elaboración de pinturas carga con un 55 por ciento de componentes con precios dolarizados. La proporción es del 30 al 50 por ciento en productos de limpieza y del 45 por ciento tanto para el procesamiento del café como para la fabricación de alfajores. La tendencia se repite en prácticamente toda la cadena industrial, incluidos los proveedores de insumos difundidos. Los datos aparecen en un informe de la Secretaría de Comercio elaborado durante la gestión de Augusto Costa en esa dependencia.

El documento alertaba a fines del año pasado sobre las implicancias de la devaluación que estaba cocinando Cambiemos, las cuales los consumidores argentinos pudieron constatar con amargura durante el primer año de Mauricio Macri. La devaluación no es gratis. Haber decidido eliminar la regulación cambiaria anterior desató una tormenta de inflación que aún no termina. El Gobierno la alimenta con nuevas dosis de incrementos en el valor del dólar y anuncios de tarifazos energéticos y de combustibles, que arrancarán en el verano. El equipo económico y el Banco Central pronostican para el año que viene una inflación de entre 12 y 17 por ciento. A juzgar por su puntería este año, cuando proyectaban entre 20 y 25 puntos y terminará arriba del 40, no habría que pensar en menos de 25 o 30 por ciento de inflación en 2017 con las mismas políticas.

La renovación de contratos de alquiler, de hecho, se está pactando con ajustes del 30 por ciento. El mercado lo justifica en parte en la necesidad de compensar supuestas pérdidas frente a la inflación de 2016, que superó sus previsiones. En cualquier caso, no acepta la indicación del Gobierno de fijar precios en función de la proyección oficial del 17 por ciento para el próximo año. Es una muestra de cómo los sectores del capital con poder para imponer condiciones no prestan atención a lo que digan Alfonso Prat Gay y Federico Sturzenegger. Del lado de los trabajadores, las señales son cada vez más inquietantes.

El acuerdo paritario de María Eugenia Vidal con UPCN y otros gremios más chicos, que establece un aumento de salarios para los empleados estatales bonaerenses del 18 por ciento en los próximos 18 meses, confirma que aunque Cambiemos no logra parar la inflación no afloja en su otra línea de acción principal: mantener los sueldos apretados en una morsa. El presidente Macri, que semanas atrás le preguntaba a un periodista de Clarín cómo hacer para revivir el consumo, dejó en evidencia con su reacción frente a los cambios en el impuesto a las Ganancias que la recuperación del poder adquisitivo del salario -en este caso, de quienes más ganan- no es su prioridad.

Con precios que no ceden y salarios contenidos, en un contexto de aumento del desempleo por una recesión desbocada, con apertura importadora y Brasil que no levanta, empiezan a sumarse voces que alertan que 2017 puede ser incluso peor que 2016. El anhelado segundo semestre, por lo pronto, es peor que el primero, mientras que aquellos economistas que buscaban contagiar entusiasmo detectando brotes verdes como pokemones se van mudando al campo de los escépticos. Es una dinámica que recuerda lo que vivió el equipo económico de José Luis Machinea, Pablo Gerchunoff, Mario Vicens y Miguel Bein durante la primera Alianza.

El “dream team” de la ortodoxia que dominaba en el gobierno de De la Rúa aguantó desde diciembre de 1999 a marzo de 2001: 15 meses. El de Prat Gay lleva 12, pero tiene a su favor que heredó colchones de desendeudamiento, empleo, cobertura social y previsional y recomposición del aparato productivo -como explicó Alfredo Zaiat el último domingo en este diario- de los que no gozaron sus antecesores radicales. A aquel equipo lo reemplazó el fugaz Ricardo López Murphy y después Domingo Cavallo, con Federico Sturzenegger, el mismo que ahora preside el Banco Central, en un lugar destacado. En ámbitos industriales se preguntan si se repetirá la historia de 2001, esta vez con Carlos Melconian, que hace banco en el Nación, saltando a la cancha. El tiempo dirá.

“En lo económico, la tendencia es a empeorar. Había que ordenar algunas cosas y el Gobierno las desordenó. Las expectativas no son buenas, el mundo cambió”, se despachó ayer Aldo Pignanelli, economista del Frente Renovador que aplaudía la orientación económica del oficialismo y ahora, ante la evidencia y acompañando el giro de su partido, se muestra cada vez más crítico. “Nos están llevando a un callejón sin salida”, agregó, en línea con Roberto Lavagna, del mismo espacio político, quien aseguró que si el Gobierno sigue por este rumbo todo puede terminar en un colapso. “La Argentina en vez de avanzar está retrocediendo, y la incertidumbre la genera el propio Gobierno”, insistió Pignanelli.

De los tres motores que supuestamente harían que el PIB crezca 3,5 por ciento el año que viene, de acuerdo a la pauta oficial, dos están bajo observación: que los salarios aumenten más que la inflación y que Brasil empiece a crecer con fuerza. En este último caso, el relevamiento de expectativas de mercado en el país vecino ya bajó las previsiones para 2017 a un raquítico avance del PIB de 0,78 por ciento, desde el modesto 1,5 de hace dos meses.

“La debilidad de la demanda continúa siendo el principal factor que condiciona el ingreso en una fase sostenida de recuperación económica. El Gobierno apostaba a que la desaceleración en la tasa de inflación iba a contribuir a reimpulsar el crecimiento. Sin embargo, la pérdida en la masa salarial acumulada en lo que va del año constituye un ancla al consumo que no ha sido removida”, advierte el último informe de la Fundación de Investigaciones para el Desarrollo (FIDE), que encabeza Mercedes Marcó del Pont. Allí también dice que “es previsible que el año próximo el gasto público asuma un rol más expansivo, pero no alcanzará para revertir el deterioro general si no se dinamiza el consumo interno”. La prometida reactivación de la obra pública es en este momento la única apuesta que el Gobierno sostiene en alto, al menos desde el discurso. Su otra ilusión para llegar a las elecciones de octubre con expectativas radica en que como la caída de la economía este año es tan fuerte, la comparación estadística con esas bases deprimidas permita mostrar números positivos, aunque más no sea bajos. Es una aspiración modesta para aquellos que venían a consagrar la revolución de la alegría.

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