¡Denúnciame!

Publicado el Abril 23, 2016, Bajo Columna de opinión, Autor LluviadeCafe.

fco pinchetti
SINEMBARGO
Por:Por Francisco Ortiz Pinchetti
Resultan demasiado evidentes las razones de la resistencia de los diputados federales del PRI y sus compinches del Partido Verde a la inclusión de la iniciativa ciudadana conocida como “Ley 3 de 3” en la Ley Federal de Transparencia y Acceso a la Información, cuya aprobación definitiva, además, está por verse.

Es claro que los legisladores de la coalición gobernante quieren poner a salvo a sus funcionarios y a ellos mismos de la obligación de hacer públicas sus declaraciones patrimonial, de intereses y fiscal, lo que –como acertadamente cabeceó SinEmbargo el miércoles pasado–, les impediría poder robar. Así de simple.

La llamada legislación anticorrupción queda en todo caso mocha, incompleta otra vez. Viene a convertirse en una nueva simulación: una burla más, en un país donde el ejercicio del poder es sinónimo de enriquecimiento, privilegios y abusos, mientras esa entelequia que llamamos “estado de derecho” sigue siendo mera fantasía, inalcanzable. No se van a evitar ni los moches ni los negocios al amparo del poder, la extorsión, la mordida, las complicidades. Y hay cínicos que justifican esas conductas como parte de nuestra manera de ser.

Siempre he pensado que el germen de los peores delitos y atrocidades se encuentra en las pequeñas, cotidianas violaciones a las normas elementales de convivencia. Por eso estoy desde luego en contra de los vendedores ambulantes, los franeleros y los mordelones; pero en la actitud cotidiana de miles y miles de ciudadanos está también presente ese desprecio por la legalidad y la sana, elemental convivencia.

Viola principios simples pero fundamentales quien se estaciona en doble fila y obstruye el tránsito, quien rebasa por la derecha en la carretera, quien deja su auto sobre la banqueta. También el que no levanta las heces de su mascota o deja las bolsitas debajo de un árbol, al lado de un poste, en una banca del parque. Incumple la ley el que tira en la calle el bote de refresco, el empaque de las papas, el olote del elote. Y el que saca de su casa a hurtadillas las bolsas de basura y las deja en la esquina.

Es un infractor y un abusivo el que se apodera de espacios en la vía pública para lucrar o para “apartar” un sitio de estacionamiento afuera de su casa o su oficina. También el que invade la acera y bloquea el paso a los peatones con mesas de su cafetería, su taquería o su fonda. La semilla de la corrupción está en quien revende boletos para los toros o el fut, el que ofrece servicios de coyotaje en las oficinas públicas o el que se mocha con el policía ladrón que solapa sus fechorías, claro; pero también en quien circula en bicicleta por la banqueta, escupe en la calle, pisotea las plantas o permite a sus perros destrozar los jardines o bañarse en las fuentes; el vivo que no respeta la “cola” en la taquilla del cine, el gandalla que abusa de las mujeres en el Metro.

Debo confesar que soy un obsesivo de este tema y que con demasiada frecuencia me veo inmerso en discusiones y altercados callejeros. Hay cosas que definitivamente no puedo tolerar y me siento con pleno derecho de reclamar su conducta indebida al comerciante abusivo, al viene viene con sus botes o huacales, al automovilista que a claxonazos quiere acabar con un embotellamiento de tráfico.

Nunca sin embargo me había ocurrido un incidente que tan claramente me revelara la esencia de nuestra al parecer innata corrupción: la impunidad. Me bastó una palabra para comprenderlo. Efectivamente, es la imposibilidad de justicia lo que fomenta la cínica evasión de los infractores pequeños o grandes a asumir su responsabilidad y pagar por su conducta ilícita.

Me pasó hace unos días en el Parque Hundido de la colonia Nochebuena, allá por Insurgentes. Realizaba mi caminata matutina habitual por una de las calzadas peatonales, frente al emblemático Reloj Floral, cuando me rebasó a trote suave una pareja joven, ella y él con pants y tenis idénticos, azul y blanco, de marca. Impecables ambos. Gente bonita de la Del Valle, seguramente.

Tras ellos venían sus dos perros, grandes. Uno era un collie hermoso como Lassie y el otro un pastor alemán, creo. Los canes, por supuesto sueltos, jugaban o peleaban en remolino, ladrando, y por nada me arrollan. Reclamé a los dueños y les recordé que es obligatorio llevar a las mascotas con correa y hasta bozal en los sitios públicos. La mujer se detuvo y entre arrogante e ignorante me contestó que sus animalitos podían estar sueltos porque “es un parque”. Su compañero le dijo a ella que no me hiciera caso, que se callara, y a mí que sus perros “no hacen nada, no muerden”, por lo que no tenía yo nada que temer. “No dramatices”, me dijo. Les recité de memoria el artículo 25 de la Ley de Cultura Cívica de nuestra capital, que claramente señala en su fracción I la obligación de los dueños de llevar atadas con correa a sus mascotas…

El tipo interrumpió mi perorata y se me plantó en jarras, como diría mi abuela, a un metro de distancia. Luego abrió suavemente ambos brazos al tiempo que levantaba los hombros y con un asombroso aplomo me desarmó: “¡Denúnciame!”, retó sonriente. Válgame.

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