Cuento Quincenal: Cuento metafísico, LA SEÑAL @JoseCruz777

Publicado el marzo 17, 2016, Bajo Cuento, cultura, Autor Rucobo.

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Cuento metafísico, LA SEÑAL
17 marzo 2016

Esta es una historia de amor, profundo, intenso, avasallador, intemporal. Ambrosio y Camila eran, de ser posible así nombrarlos, la pareja perfecta -cada vez más raro en estos días-. Él de 35 y ella de 32 años, no habían permitido que el arribo de dos pequeños niños perturbara el amor físico y espiritual de ellos como pareja. Atendían con dedicación a los hijos de sólo cuatro y dos años, pero, la llama de la pasión continuaba intacta, como el día mismo en el que se conocieron catorce años atrás.

Recordaban con exactitud la fecha, hora y circunstancias de su primer encuentro, fue… cuestión de piel, de olor, de encuentro cósmico. Ambos percibieron que una fuerza extraña les empujaba a uno en brazos del otro, como si se conocieran de antes, de tiempos remotos, de siempre. De su impactante encuentro a su unión formal en matrimonio, fue un proceso corto, fugaz, vertiginoso, de trámite engorroso.

Pasaron siete años para que Camila concibiera su primer hijo, deseaban que nada ni nadie se interpusiera en su arrebatado amor, pasearon, viajaron, trabajaron, se amaron devota y tiernamente, juntos, siempre juntos. Se adivinaban el pensamiento, conocían sus gustos, compartían todo, absolutamente todo, como almas gemelas, como siameses.

Cuando Camila quedó embarazada por vez primera, dejó el trabajo para atender de tiempo completo a su preñez y posteriormente al bebé. Esto obligó a Ambrosio a redoblar esfuerzos en su trabajo, logrando importantes ascensos, la cuestión económica estaba pues resuelta. Dándoles además la tranquilidad y la posibilidad de planear la educación del primer hijo y los que vinieran.

Ebrios de tanta dicha, veían con incredulidad la situación en que se faltase el uno al otro. En alguna ocasión que tocaron el tema le dijo Ambrosio, “Siempre te cuidaré y amaré, aún si la vida me es arrebatada, volveré por ti”. Ese día, Camila sintió una opresión en el corazón, aunque confiaba en la intemporalidad de su mutuo amor, algo muy dentro de su ser -como una puñalada- la hizo sobresaltarse, inquietarse.

Ese sábado, Ambrosio volvía presuroso de un curso que había tomado en la capital del estado, las tres horas de recorrido le parecían eternas. Era tanta la premura que tenía en llegar con su familia, que quizá sin pretenderlo excedió en poco los límites de velocidad. No se percató que un pesado camión de carga le obstruía la vía, y cuando -nunca supo si en forma maliciosa o no- el chofer del autotransporte encendió las direccionales, Ambrosio entendió que podía rebasar y lo hizo.

Todo fue muy rápido, el impacto brutal, Ambrosio quedó atrapado y destrozado en los fierros retorcidos de su automóvil. Sintió liviandad y se percató de que él salía de su propio cuerpo, no había dolor, ahora, era un ser de otra dimensión. Una luz blanca lo atraía hacia si, pero, Ambrosio se negó a abandonar este plano, recordando la promesa hecha a Camila, ¿qué iba a ser de ella y de sus hijos?

De pronto, oyó una voz que en tono suave y confortante le dijo, “Tu tiempo ha terminado, ven hacia la luz, Camila y tus hijos estarán protegidos, de alguna manera tu volverás”. Luego, sintió una inmensa paz y se dejó conducir , su amor terrenal por Camila seguía existiendo, pero desde otra perspectiva, su esencia retornaba al cosmos, y se dejó fluir.

Camila fue notificada de la terrible noticia y extrañamente soportó los inevitables trámites hasta la sepultura de su amado esposo. Su estoicidad sorprendió a familiares y amigos que sabían de la compenetración y perfecta armonía de la pareja. Ella estaba segura que Ambrosio donde estuviera, la seguiría amando y que cuidaría de ella. Recordaba la promesa de reunirse con él y eso le daba fortaleza de ánimo.

Camila volvió al trabajo y con entereza de carácter multiplica esfuerzos para ahora, hacer el doble papel de padre y madre, incluso sigue los planes previamente trazados entre ella y Ambrosio referentes a la educación de los hijos. Pasan seis años, Camila ahora de 38, la cuestión amorosa, no tiene cabida en ella, venera el recuerdo de Ambrosio, no concibe que haya alguien que ocupe su lugar, que reemplace sus recuerdos.

Camila aún conserva una impactante belleza que, no pasa desapercibida, su jefe de la empresa donde labora, un hombre de 48 años con varios años de divorciado la pretende, en forma paciente y cariñosa la hace objeto de pequeñas atenciones y algunos detalles que le demuestran lo enamorado que se encuentra de ella. Camila empieza a visualizar la posibilidad de aceptar a Sixto, no quiere pasar el resto de su vida sola.

No deseando traicionar el recuerdo de su amado esposo, la mujer se niega a ir más adelante y emprender una relación sería con Sixto, el que no le es del todo indiferente. Una madrugada en estado de somnolencia le solicita a Ambrosio su anuencia para decidirse a aceptar la nueva posibilidad de amor. Le pide le mande un mensaje, una señal, algo que le indique que está de acuerdo, que lo aprueba.

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Un día amanece con la rara sensación de apremio, “Algo” le dice que debe de ir a aquel viejo árbol donde alguna vez ella y Ambrosio lo hirieron con un afilado cuchillo y grabaron sus nombres en medio de un corazón. Ignorando el por qué de esa urgencia de visitar ese sitio. Al fin llega agitada hasta aquella añeja inscripción, se impacta porque a un lado, existe una leyenda grabada en forma reciente con la orden o amable sugerencia que dice ¡HAZLO! He ahí, la señal requerida.

Ambrosio regresó sí, pero en forma de lluvia refrescante, en los árboles frutales y hortalizas de su pequeño huerto familiar que produjeron frutos más dulces y un verdor más exuberante, en el trino de las aves que con sus melodiosos cantos la despertaban, en las miradas de amor infinito de sus mascotas, finalmente en el reposado y maduro amor de Sixto.

Autor: José Cruz Pérez Rucobo

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