La sociedad desea cambios sin pagar costos, y vencer al PRI exige valentía: Lorenzo Meyer

Publicado el Marzo 9, 2016, Bajo Columna de opinión, Autor LluviadeCafe.

Lorenzo_Meyer
SINEMBARGO
El Partido Revolucionario Institucional (PRI) no volvió a ganar la Presidencia en 2012 para perder el poder en 2018. Su naturaleza antidemocrática y autoritaria, originada para disciplinar las facciones emanadas de la Revolución y no para abrir la competencia política, se ha transformado con el paso de casi nueve décadas; pero en esencia, dice el historiador Lorenzo Meyer Cossío, persisten sus formas originales de ejercicio del poder caracterizadas por la falta de equilibrios, la cooptación y/o represión de los adversarios y la corrupción.

Su derrota por la Presidencia en 2000, agrega el académico de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), lo alejó del erario federal, pero exacerbó el poder y la impunidad de los Gobernadores, sobre todo en las entidades sin historia de alternancia, como el Estado de México, emblema del uso del poder político para el enriquecimiento personal y desde cuya cúpula surgió la figura del hoy Presidente Enrique Peña Nieto, que encabezó el regreso del partido al Gobierno federal en 2012.

Ese PRI, dice Meyer, experto en el tema de la transición política mexicana, es el de siempre, el “viejo PRI”.

La que sí es distinta, explica, es la sociedad mexicana, que pese a la violencia y la represión cuenta con más instrumentos de comunicación y organización. Por ese contexto, explica, más la corrupción y el mal desempeño económico, Enrique Peña Nieto encabeza la primera administración pública que está reprobada desde antes del inicio de la segunda mitad de su sexenio.

Este descontento, sin embargo, aún está lejos de trasladarse de las calles y las redes sociales a las urnas. Los partidos políticos han perdido legitimidad y el PRI, plantea Meyer, además de los recursos de los poderes fácticos, mantiene una estructura capaz de movilizar electores que, con su “voto duro”, le aseguran hasta un 30 por ciento de los sufragios.

Una parte de la población mexicana, agrega, ha mostrado además ser “conservadora”; propensa, como en el año 2000, a querer “cambios” de fondo pero sin costos; o como en 2006, a ser presa de campañas de miedo.

“Ya luego, cuando es tarde, dicen ‘nos equivocamos’, pero en parte es una equivocación que se explica por no querer aceptar que el cambio político es muy difícil, y que requiere no un discurso facilón, sino que requiere a estar dispuestos en algún momento a enfrentar una crisis. Sí, cambiamos, y a lo mejor algunos capitales se van, y unos inversionistas no invierten, y va a haber un costo económico, pero se tiene que pagar para modificar unas estructuras que tienen ya mucho tiempo”, dice el escritor e investigador.
“No las queremos, no les damos legitimidad, pero no hay la capacidad de pagar el costo, la voluntad de pagar el costo; entonces, bueno, Fox [Vicente] está muy bien, tiene un discurso nuevo, y nada más con ir y poner mi boleta en la urna se cambia todo. ¡No! Hay que movilizarse, hay que presionar. Alguien dirá que eso de movilizarse es tarea de los partidos, pero los partidos son un obstáculo; y, entonces, a ver si se está dispuesto a pagar ese costo”, agrega.

El también autor de títulos como Nuestra tragedia persistente. La democracia autoritaria en México [Debate, 2013], analiza en entrevista la “salud” y el futuro de un partido casi nonagenario que, asegura, depende de la salud de la sociedad mexicana.

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