GUERRERO: A LAS MUJERES NO LES QUEDÓ OTRA… Y SE ARMARON

Publicado el marzo 1, 2016, Bajo Investigación, Autor LluviadeCafe.

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SINEMBARGO
Ocurrió el 8 de agosto de 2015. Miguel Ángel Jiménez Blanco, líder la Unión de Pueblos y Organizaciones del estado de Guerrero (UPOEG) en la región de Costa Chica y encargado de la búsqueda de los 43 estudiantes de la Escuela Normal Rural Raúl Isidro Burgos de Ayotzinapa, fue acribillado al interior de su taxi y abandonado bañado en sangre.

Le dispararon en la cabeza y aquel hombre enérgico, se apagó. Así terminó quien lideró y ayudó a formar a un grupo armado conformado por un centenar de mujeres de Xaltianguis y otras comunidades aledañas. Las mujeres tomaron rifles viejos de caza y se unieron a los hombres de la policía comunitaria, que no eran suficientes para combatir las extorsiones, secuestros, asesinatos y violaciones que se daban en la región.

El primer grupo que tomó las armas en Guerrero fue de 110 mujeres y surgió en Xaltianguis, un pueblo ubicado sierra adentro, a 50 kilómetros del Puerto de Acapulco. Su coraje creció, se extendió y penetró en el corazón de la policía comunitaria de los municipios levantados en contra del crimen organizado. La esencia femenina viajó por las veredas y contagió al poblado de Dos Caminos, donde se sumaron 16, y a Ocotito, donde en una semana se reunieron 11.

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MEJOR ARMADAS QUE VIOLADAS

Las armas fueron una opción para mejor “morir parada, que hincada, arrodillada, violada o encajuelada”, dijeron esas mujeres a SinEmbargo en un viaje al corazón de Costa Chica en enero de 2014, unos meses después de su conformación.

Pero dos años después de aquel levantamiento en armas, el asesinato de Miguel Ángel Jiménez, marcó el final del movimiento, por temor a ser acribilladas, como le ocurrió al líder comunitario.

“Hoy es un tema complicado para nosotras, pues iniciamos el proyecto junto con Miguel Ángel, que fue asesinado el 8 de agosto. Después de esto, nosotras comenzamos a tener problemas y decidimos ya no seguir contribuyendo con la investigación o participación de las mujeres, porque nos ponemos en riesgo. Exponemos nuestras vidas por buscar la paz de nuestras familias”, dice en entrevista “Estela” [seudónimo para proteger su identidad, a petición de la entrevistada].
Estela tomó las armas y fue uno de los pilares del movimiento. Hoy, asegura, las mujeres volvieron a sus labores, al cuidado de los hijos y a la atención de sus maridos. Pero no en las mismas circunstancias que cuando tomaron los rifles y las pistolas. Ahora la UPOEG mantiene el control de Xaltianguis y de varios municipios de Costa Chica. Gracias a ello, las extorsiones y los asaltos se calmaron.

Sin embargo la calma no es suficiente para mantener totalmente a raya a los delincuentes. Por eso asesinaron a Miguel Ángel Jiménez.

Para Estela, la lucha que emprendieron hace dos años se puede comparar a combatir a “un monstruo”, que les robó a sus hijos y que acabó con familias enteras.

Un monstruo de intereses criminales demasiado fuertes, asegura: “Créeme que el valor y las ganas de seguir las tenemos y muchos me han preguntando que si en qué momento vamos actuar. No veo el motivo por el cual vamos a seguir actuando, a partir de la muerte de Miguel Ángel la amenaza es más evidente, para la familia directa y para todas las personas que participan a fondo y que estaban cercanas a él”.

Aunque el grupo de mujeres se resguardó, Estela dice que están listas para reaccionar si la seguridad de sus comunidades se vuelve a ver amenazada: “Ten por seguro que todas las mujeres estamos puestas a defender a nuestras familias. Dejamos las armas por seguridad y en caso de que sea necesario, créeme que las mujeres de Guerrero demostramos que podemos organizarnos y defender a nuestras familias”, dice.

Ellas, indica Estela, pueden “revivir”. Permanecen latentes y están organizadas. Lo único que las puede lanzar de nuevo a tomar las armas, es que hijos e hijas se vean amenazados de nuevo.

Una amenaza como la que vivieron en 2013, cuando decidieron armarse y practicar el tiro al blanco en despoblado para afinar su puntería y poder defender a sus comunidades.

EL “MONSTRUO” QUE VIOLABA Y ASESINABA

Mujeres, como Cristina, de 70 años, decidieron poner un alto al avance de la delincuencia organizada. Foto: Cuartoscuro
Mujeres, como Cristina, de 70 años, decidieron poner un alto al avance de la delincuencia organizada. Foto: Cuartoscuro

El 3 de abril de 2012 Xaltianguis se levantó en armas. Fueron los hombres en esa ocasión. Cansados por ser víctimas de la delincuencia, se lanzaron a defender a sus familias. Se trataba de la Unión de Pueblos y Organizaciones del Estado de Guerrero (UPOEG), que empezaba a tomar comunidades en una especie de “limpia” de criminales.

Ese día, Rosa Flores estaba en su pequeño puesto de comida cuando llegaron unos delincuentes a cobrarle derecho de piso. Como su establecimiento era pequeño, la cuota que le impusieron fue de 200 pesos.

Fue la primera sensación que tuvo Rosa de que debía hacer algo. Pero esa sensación se convirtió en necesidad cuando unos hombres secuestraron y violaron a una de sus sobrinas.

“Violaron a una sobrina joven. La levantaron, la querían secuestrar, no lo hicieron pero la violaron…a mi esposo lo asaltaron, lo golpearon, le pusieron una pistola en la cabeza y le dijeron lo que lo iban a matar”, contó a SinEmbargo en 2014.
Rosa se convirtió en La Comandanta y aprendió a utilizar un revolver y otras armas de calibres pequeños y medios.

“Ya estábamos cansados de los secuestros, violaciones, asaltos. No aguantábamos más. Hubo muchas balaceras, la más grande duró como cuatro horas, eran pleitos entre bandas de narcos, de la mafia de aquí y de otros lados que peleaban el pueblo, la plaza de Xaltianguis pues, y nos cansamos, nos hartamos de que a las ocho de la noche, ya todos estábamos encerrados”, dijo Rosa.
Lo mismo le ocurrió a Asunción. Una mujer que emigró a Estados Unidos y que en 2009 abandonó ese país y regresó a Guerrero debido a la crisis económica de ese año.

A su regreso Asunción encontró un estado y un pueblo muy distinto al que dejó cuando emigró al país anglosajón.

Por las calles de Xaltianguis transitaban comandos armados que disparaban a las personas si se atrevían a mirarlos a la cara. Encontró secuestros y muerte.

Fue el 12 de mayo de 2012 cuando la situación cambió drásticamente para Asunción. Ese día un comando armado interceptó a sus tíos y a su hija de 13 años cuando viajaban en su camioneta y los acribilló.

“Ella era mi tía, los mataron atrás del panteón, iba con su esposo a ver su ganado y una niña de 13 años. Murieron los tres por los más de 50 balazos que le dieron a la camioneta”, relató.

Ese crimen motivó a la mujer a tomar las armas y, al igual que “La Comandanta”, aprendió a disparar y formó parte de esas 110 primeras mujeres que desfilaron con camisetas de la UPOEG y rifles el 19 de agosto de 2013.

Ese día la noticia se extendió en el país y traspasó fronteras: en un pequeño poblado de Guerrero se armaron un centenar de mujeres.

“El ver a una mujer al frente, a muchos hombres les dio vergüenza. Que ellas tengan el valor de reprobar lo que está pasando, encarar el asunto del miedo que tiene la gente de hacer pública su adhesión a un movimiento como éste no es fácil”, dice Fredy Bello, Tesorero de la UPOEG de Xaltianguis.
Algunos hombres del pueblo que aportaban su cooperación para pagar la gasolina y mantener en buen estado los vehículos para los rondines y operativos tenían miedo. Un temor apabullante de que los criminales los relacionaran con los policías comunitarios, los orillaba al anonimato y a participar únicamente con recursos económicos.

De acuerdo con el Tesorero de la Policía Comunitaria, en el pueblo se hizo una relación de todos los pobladores y se les asignaron cuotas de cooperación voluntaria de acuerdo con su nivel de vida para mantener el movimiento. Fueron las mujeres las que tomaron el papel de recaudar fondos casa por casa.

Pero, para sorpresa de los comunitarios, las amas de casa de Xaltianguis, las esposas, madres, abuelas, hijas, novias, también tomaron las escopetas, cada una motivada por una historia de muerte, dolor, saqueo, atropello e impunidad, como la de “La Comandanta”.

Eran días de tensión en El Ocotito, una comunidad ubicada a unas dos horas por carretera de Xaltianguis. A finales de enero de 2014 la policía comunitaria bajaba de La Montaña para apoyar a las comunidades sometidas por el crimen organizado. Hombres, mujeres y niños, se apostaban en un campamento a la entrada de la población.

Hombres delgados, humildes portaban sus rifles de caza. Las mujeres, aún con sus hijos alimentándose bajo la carpa de un comedor improvisado, también sostenían sus pistolas.

Podían ser víctimas en cualquier momento del crimen organizado, que, de acuerdo con los testimonios de los pobladores, contaban con armas más sofisticadas.

Había rondines. En uno de esos viajes, una niña de cinco años que caminaba por uno de los callejones, se detuvo y sonrió. Saludó a la policía comunitaria y les dijo adiós.

Esa niña y otras mujeres de la comunidad sorprendieron a los hombres de la misma policía comunitaria.

Mario Campos Hernández, párroco de Tlapa de Comonfort y fundador de la policía comunitaria en La Montaña de Guerrero, dice que se sorprendió cuando vio a las mujeres en armas.

“Para mí fue una sorpresa. Quedé admirado cuando las vi. Se entiende que los hombres han asumido el asunto de la seguridad, pero las mujeres se armaron de valor y se presentaron públicamente. Es una decisión que tomaron ellas y me pareció muy grandiosa. Demuestra que quieren trabajar al lado del hombre, del esposo, que quieren seguridad para sus esposos y para sus hijos. Ella, la mujer, es la que ha sufrido más los golpes de la delincuencia”, dice.
El sacerdote asegura que fue la primera vez que las mujeres se armaron en Guerrero. En su experiencia, la mujer había participado en el proyecto comunitario, pero desde el hogar, el cuidado de los hijos y en algunos casos en la impartición de justicia.

“Pero que las mujeres asumieran esa actitud valiente de presentarse públicamente, es una cuestión que nunca se había dado. La primera vez que las vi fue en Ayutla de los Libres”, recuerda.

Erubiel Tirado Cervantes, miembro del Seminario de Investigación y Educación en Estudios de Defensa y Seguridad y especialista en Relaciones Civiles Militares de la Universidad Iberoamericana (UIA), explica que hay varios antecedentes de mujeres armadas en México. Uno de ellos es el Movimiento Zapatista de 1994.

“En términos más recientes me puedo remitir al Movimiento Zapatista, digamos que no es privativo de un hecho nuevo, a lo mejor la novedad sería, simplemente que fue muy enfática la composición de mujeres en el caso de Guerrero”, detalla.

El investigador argumenta que el grupo numeroso de mujeres armadas en Guerrero, puede explicarse a que gran parte de los hombres emigran a Estados Unidos y dejan solas a sus familias.

“Es un reflejo de la situación en la zona. Demográficamente hay hombres que trabajan y emigran y la participación de la mujer se vuelve indispensable y esencial para la supervivencia de los grupos humanos. Hay pueblos en dónde la población dominante son mujeres, ancianos y niños”, dice.
Tirado Cervantes indica que una sola lectura al fenómeno de las mujer en armas, es difícil. Además de la composición demográfica de los pueblos, puede influir el predominio en la toma de decisiones de las féminas.

“Me llama la atención que no haya más manifestaciones de este grupo. ¿Era una organización débil? ¿Fueron desaparecidas? Ya no se supo nada”, dice.

La realidad es que ellas, las mujeres de la Costa Chica que se atrevieron a tomar las armas para enfrentar a los criminales que sometían a sus comunidades, está vivas, agazapadas en sus casas, cuidando de sus hijos de la delincuencia organizada y la corrupción.

“Tuve un sueño: soñé que Miguel Ángel me decía que continuara con su trabajo. Pero no lo voy hacer, no vale la pena arriesgar a mi familia. Miguel Ángel soñaba y se arriesgó. No le importaba, porque decía que alguien tenía que hacerlo. Nosotras estamos luchando ahorita por formar hombres de bien, que no se hagan delincuentes. Pero estamos listas para salir si tenemos que defender a nuestra familia. Que estemos quietas, no quiere decir que no estemos organizadas”, dice Estela.

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