Dejé de usar WhatsApp durante un mes y esto es lo que aprendí

Publicado el enero 11, 2016, Bajo Columna de opinión, Autor MonaLisa.

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POR: RAMÓN PECO, EL PAÍS, El Mañana, 11 enero 2016

En septiembre 900 millones de personas en todo el mundo usaban WhatsApp. Casi tantas como personas viven en África. España es el país de Europa en el que más se utiliza. Sí, por mucho que los que escribimos de tecnología hablemos de Snapchat, Telegram o Signal, nada le hace sombra ni de lejos a la madre de todas las aplicaciones de mensajería.

Los usuarios que utilizan compulsivamente la aplicación y que con frecuencia esperan una respuesta inmediata a sus mensajes, son los que en gran medida están logrando que WhatsApp provoque dolores de cabeza.

Realicé una encuesta en Twitter hace unos días preguntando a los que quisieran responder si se sentían atados a WhatsApp. Por supuesto no esperaba que algo así pueda ser representativo, pero a pesar de ello me llamó la atención que la opción que obtuvo una mayoría clara de votos era la que decía que la aplicación era genial.

Además he percibido que WhatsApp está frenando otras formas de comunicación más directas. En ocasiones cuando una conversación de trabajo por WhatsApp amenaza con ser interminable decido llamar por teléfono sin más. En más de una ocasión he comprobado que eso ha dejado completamente fuera de juego a mi interlocutor. Nunca logro explicarme porque alguien que está dialogando conmigo le puede costar tanto hablar en lugar de chatear. Sospecho que se debe en parte a que despersonalizar la comunicación es algo terroríficamente cómodo.

También vi que las relaciones con familiares y amigos en lugar de estrecharse gracias a WhatsApp en ocasiones se diluyen. ¿Qué necesidad hay de quedar si ya hemos dado señales de vida mandando unos cuantos mensajes? Cosas como esta me llevaron a plantearme abandonar WhatsApp.

En mi trabajo de profesor pensé que no tendría demasiada importancia hacer algo así, pues la comunicación importante se produce en persona o por correo electrónico. Aunque en esto, como contaré después, me encontré con alguna sorpresa. El problema es que también escribo sobre tecnología y eso me obliga a comunicarme con gente por toda clase de medios. Entre ellos, por supuesto, está WhatsApp. Así que la decisión tenía sus riesgos. Al margen del trabajo no tenía ni la más mínima idea de que podría suceder al soltar amarras.

A partir de aquí es cuando abandono la aplicación

Decidí dejar WhatsApp durante un mes. Después volvería a darme de alta y seguiría usándolo durante otro mes. De lo que sucediese en esos dos meses dependería mi decisión de abandonar definitivamente o seguir usando el servicio. Hace unos días terminé mi experimento.

El cuatro de octubre escribí un mensaje en un grupo avisando a varios amigos de lo que iba a hacer. Luego eliminé mi perfil en WhatsApp y borré la aplicación del teléfono. Durante los días posteriores también conté varias veces en Twitter y Facebook lo que estaba haciendo. También me deshice de la aplicación Telegram, pues es lo más parecido a WhatsApp que existe actualmente.

Durante mi ausencia usé Snapchat una vez, en dos o tres ocasiones Messenger de Facebook, un par de veces los mensajes privados de Twitter y con frecuencia FaceTime, la aplicación de mensajería de Apple que sólo funciona en el iPhone. Aunque esta siempre la usé para comunicarme con la misma persona. También recurrí a los sms. A pesar de todo descendió en picado el tiempo que le dediqué a usar mensajería instantánea. Diría que en torno a un 80 o un 90 por ciento.

La primera sorpresa después de mi desconexión vino cuatro días después. Un amigo me llamó para preguntarme por qué me había dado de baja. Algo que me dejó bastante K.O. Creí entender que detrás de sus palabras en realidad lo que me estaba preguntando era si me encontraba bien.

La segunda sorpresa no tardó en llegar. Un compañero de trabajo me preguntó por qué no respondía a sus mensajes. Eso me desconcertó. ¿Era posible que alguien pudiera seguir mandándome mensajes? Pedí a algunos amigos que intentasen comunicarse con mi cuenta fantasma.

Descubrí que cuando borras tu perfil en WhatsApp las personas que alguna vez han chateado contigo te pueden seguir mandando mensajes. Aunque ya no aparece tu imagen de avatar en el perfil. Como no hay forma de saber que te has marchado de WhatsApp los que te mandan un mensaje piensan que tienes el teléfono apagado. Así descubrí otra de las formas con las que se fomenta que usemos la aplicación.

Un día me sucedió algo divertido. Tuve que retrasar media hora una entrevista y la persona con la que me había citado no tenía encendido el teléfono. Así que le mandé un sms para decirle que llegaba tarde con la esperanza de que lo leyese. ¡Eché de menos el double check! Cuando nos vimos mi interlocutor me dijo con bastante sinceridad que había visto el mensaje. Aunque no había respondido porque no sabía lo que le podía costar mandar un sms.

Aquello me chocó bastante. Al fin y al cabo enviar sms actualmente es gratis con muchas tarifas de contrato y por lo que he indagado el precio máximo para enviar uno con una tarjeta de prepago es de 18,5 céntimos. Asi que aquella respuesta me pareció muy excéntrica. Pero esto me hizo entender que en realidad la primera razón por la que muchos usan WhatsApp es puramente económica. ¡Sólo cuesta un euro al año y ahorras mucho dinero en llamadas! La irrupción brutal de WhatsApp en España muy posiblemente ha tenido que ver con la crisis económica.

Durante el tiempo que estuve sin usar el servicio al principio me sentí a ratos aislado. Aunque esa sensación fue desapareciendo poco a poco y descubrí sensaciones que había dejado de experimentar. En alguno de los viajes que realicé solo eché de menos en alguna ocasión mandar una foto o contar algo por WhatsApp. Pero también descubrí que era liberador ese silencio.

También utilicé más las redes sociales. Lo que me demostró que WhatsApp hacía que dejase de compartir ciertas cosas en público y las compartiese sólo en privado. Seguramente por eso una de las cosas que está haciendo Twitter para impulsar su crecimiento es potenciar los mensajes privados.

Cuando ya estaba a punto de terminar mi mes sin WhatsApp un día tuve que volver a darme temporalmente de alta. En la escuela de arte en la que trabajo se había creado un grupo por el que se iban a canalizar algunas informaciones. Como era importante usarlo instalé la app, me agregaron al grupo y volví a marcharme durante unos días borrando la aplicación. Aunque en esta ocasión no di de baja mi cuenta para no salir de ese grupo.

Al volver a usar de nuevo WhatsApp el cuatro de noviembre me percaté de que había dejado atrás algunos malos hábitos. Como el mantener ciertas charlas personales sobre temas importantes que no es buena idea tratar mediante mensajes. Desde mi desconexión he hecho, por una parte, un uso más lúdico, y, por otra, uno más práctico de WhatsApp.

En definitiva, con mi desconexión he descubierto que al margen del trabajo no había ningún problema para abandonar WhatsApp. Cuando la gente sabe que no lo usas puede que en algún caso te pierdas durante unas horas o días alguna noticia. También puede pasar que algunas personas con las que no mantienes una relación estrecha dejen incluso de comunicarse contigo. En el trabajo la cosa es diferente. En mi caso abandonar WhatsApp puede ser un problema serio. Así que seguiré usándolo.

A pesar de que este servicio existe desde hace años el proceso de adaptación aún no ha concluido. Es muy probable que tras la borrachera inicial terminemos en el futuro usando la mensajería instantánea de forma un poco más inteligente a cómo lo hacemos hoy. Mientras tanto es mejor no perder la cabeza ni olvidar que casi siempre la mejor comunicación es la que se produce cara a cara.

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