De ‘perrijos’ a canijos

Publicado el noviembre 20, 2015, Bajo Opinión, Autor LluviadeCafe.

José Agustín Ortiz Pinchetti
SINEMBARGO
Me declaro de entrada amigo de los perros. Me parecen animales admirables por su nobleza y su lealtad. Son generalmente hermosos: algunos, pequeños, tiernos y  simpáticos; otros, imponentes. Por sus instintos sorprendentes a menudo nos parecen seres inteligentes capaces de discernir y tomar iniciativas. Son desde luego compañía insustituible de muchas personas, sobre todos niños y ancianos.
Sin embargo, y también debo decirlo, estoy en contra de que su posesión y disfrute implique abusos contra la seguridad, la tranquilidad y la salud de otros. Tampoco estoy de acuerdo con quienes esgrimiendo la protección y defensa de los animales como coartada violan leyes y reglamentos y vulneran la sana convivencia vecinal en una comunidad determinada. Así como admiro a quienes se afanan en la defensa de esta especie con determinación, generosidad y valentía, detesto a quienes someten a las mascotas a prácticas de tráfico ilegal, maltrato y abandono, las que ocurren con demasiada frecuencia.  Lamento asimismo la ausencia de una legislación adecuada para regular la posesión y manejo de las mascotas en zonas urbanas: Nuestras leyes al respecto son cojas y chimuelas, de modo que prácticamente no sirven para nada.

Vivimos un boom de proliferación de mascotas, sobre todo en determinadas zonas clasemedieras de ciudades como la capital y otras de la República (Guadalajara, León, Puebla, entre ellas). Está de moda como nunca antes tener animales domésticos en casa, especialmente perros y gatos, sin importar si disponemos o no de espacios adecuados para ellos. Resulta muy descriptivo y hasta simpático el término de “perrijos” para referirse a la práctica en boga de tratar a los perros como hijos. Algunas parejas recurren a esta figura ante la imposibilidad de tener hijos. Otras lo hacen para sustituir con cuidados a los animales su vocación paternal. En todo caso, son decisiones muy respetables, que deben aceptarse como tales. Cada quien su vida. Lo que no se vale en ningún caso es que por ejercer ese derecho, se afecte a otros.

Además, hay que considerar la gravedad del problema de de la proliferación de mascotas. Es ya verdaderamente preocupante. Estudios llevados a cabo por especialistas de la UNAM advierten que México –donde se calcula existen más de 13 millones de canes, con una tasa anual de crecimiento aterradora, de un 20 por ciento— se encuentra ante una grave situación de sobrepoblación canina que genera diversos peligros para la salud humana. Varios de estos casos son las enfermedades transmisibles, entre las que se ubican no sólo la rabia canina, sino también otros males como la leptospirosis, infección que es comúnmente trasladada a humanos y ocurre cuando el agua, alimento seco o latas de alimento, están contaminadas  con orina de roedores infectados  que pueden  entrar en contacto directo con  los animales de compañía y producir lesiones de la piel, ojos y  mucosas. Otro problema es el excremento en la vía pública porque cada perro genera aproximadamente 300 gramos  de excremento y 500 mililitros de orina al día, por lo que nos podemos dar una idea de las toneladas de materia fecal y litros de orina que contaminan el  ambiente y por ende pueden ocasionar afectaciones en la salud del humano. “Ante la falta de una cultura de Dueño Responsable, a la persona que decide deshacerse de su mascota se le hace fácil maltratarlo y abandonarlo ante el primer comportamiento inadecuado que el animal muestre, sin pensar las consecuencias que esto origina o buscar soluciones que ayuden a la convivencia adecuada humano-animal”, advirtió hace poco el doctor Carlos Esquivel Lacroix, jefe de vinculación y comunicación de la Facultad de Medicina Veterinaria y Zootecnia de la UNAM. Son decenas de miles los canes abandonados en la vía pública cada año. Una infamia.

Tal vez el problema se entienda de manera distinta al conocer el monto del negocio en torno a las mascotas en México. Hablamos de un mercado de dos mil 600 millones de dólares, incluida la venta de alimentos. Cada año se comercializan en nuestro país 870 mil toneladas de comida para perros y gatos.

Para supuestamente regular la posesión y manejo de mascotas, en el caso del Distrito Federal, existen una serie de ordenamientos como la Ley de Cultura Cívica, la Ley de Protección a los Animales y la Ley de Propiedad en Condominio. No obstante, las limitaciones o condicionamientos que establecen no son respetados por la mayoría de los dueños de mascotas. Es la verdad. No acatan la prohibición de tenerlas en pequeños departamentos. No recogen las heces de sus animales. No sacan a pasear a sus perros con correa o bozal. No adoptan las medidas de higiene necesarias que impidan hedores o la presencia de plagas que ocasionen cualquier molestia a los vecinos. Y son de pilón, gandallas y altaneros.

Ellos son los canijos.

Abundan en colonias donde la posesión de mascotas se ha vuelto no sólo una moda, sino elemento de identidad y estatus. En la Condesa, la Roma, la Del Valle, Coyoacán, entre otras, sobre todo en las inmediaciones de los parques públicos, actúan con total impunidad. A pesar de que en algunos de esos jardines existen ahora zonas especiales para los canes, suelen liberarlos en los andadores donde de plano impiden la presencia de niños y personas mayores. Nadie en su juicio permitiría que un niño de tres o cuatro años juegue o camine al lado de una jauría. Es el colmo de la paradoja: los pequeños han sido expulsados de los parques y los perros son ahora los amos de la pradera. Corretean libremente, destrozan las plantas de ornato, dejan sus heces fecales en los andadores y prados, se orinan en cada árbol. Por supuesto, todo eso es responsabilidad de sus dueños, a los que aquí he llamado canijos conforme a la tercera acepción de la definición de este vocablo según la RAE: “Mala persona”. Válgame.

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