La desconfianza y el Congreso por @RicardoMonrealA

Publicado el Marzo 6, 2015, Bajo Columna de opinión, Autor LluviadeCafe.

Video y Conferencia de prensa del Dip. Ricardo Monreal sobre atentado planeado en  en su contra

En perspectiva histórica, la actual Cámara de Diputados (LXII Legislatura) es una de las que mas reformas ha promovido a la Constitución y una con el mayor número iniciativas de ley aprobadas. Es decir, una de las más productivas, en términos cuantitativos.

Sin embargo, también desde una perspectiva de responsabilidad política, debemos preguntarnos si estas reformas y leyes han sido lo que el país necesitaba y lo que el país esperaba de nosotros.

Y aquí es donde el balance ya no resulta tan satisfactorio o complaciente.

Hace un año, esta Legislatura era objeto de felicitaciones y reconocimientos por haber concluido la aprobación de un paquete de reformas estructurales que habrían de modificar el perfil y el rumbo de México.

Hoy, sin embargo, el panorama es otro.

Desde el punto de vista legislativo, se habla de contrarreformas o marcha atrás en temas estratégicos, como las telecomunicaciones, la transparencia, la fiscal y la electoral; mientras que la reforma energética, la que muchos de ustedes llamaron aquí “la madre de todas las reformas”, parece haber nacido muerta, por factores supervinientes como la baja drástica del precio internacional del petróleo y por el estrangulamiento al que deliberadamente el gobierno está sometiendo a Pemex y a la Comisión Federal de Electricidad.

Ciertamente, esta legislatura dejó atrás el estigma de la parálisis legislativa, pero en su lugar colocó el enigma sobre la conducción y el futuro del país. Contribuimos a mover a México, pero hoy la duda es si marchamos por el camino correcto.

Así como hay indicadores de un desempeño legislativo satisfactorio, hay otros que nos dicen que las leyes y reformas aprobadas en estos meses no parecen revertir la descomposición, degradación y deterioro en los indicadores vitales del país.

Hace unos días, el mismo presidente de la República, al inicio de su gira por Londres, advirtió, textualmente, que “el país está plagado de desconfianza e incredulidad,… (que) existe una pérdida de confianza que se ha traducido en sospecha y duda”.

Todos aquí sabemos lo que eso significa. Una plaga de incredulidad y desconfianza en las autoridades de un país, no es una plaga cualquiera: es una crisis de legitimidad política, porque la confianza y la credibilidad, junto con la legalidad, son el tripié en el que descansa la legitimidad de cualquier sistema político.

Por fin, el gobierno ya entendió lo que no entendía: que la verdadera reforma estructural que necesita el país es la de la confianza, la credibilidad y la legitimidad, y que esta reforma implica poner en el centro de la agenda legislativa temas como el combate a la corrupción, a la inseguridad, a la desigualdad y a la impunidad.

Ahora bien, ¿qué tanta responsabilidad ha tenido la actual Legislatura para abonar a esta plaga de desconfianza e incredulidad que corroe al país?

Por ejemplo, al privilegiar el criterio de cuotas de partidos para integrar órganos constitucionalmente autónomos como el INE, el IFAI, el IFT y la misma Suprema Corte de Justicia, ¿qué tanto contribuimos al descrédito y desconfianza que hoy padecen estas instituciones?

Al intercambiar una reforma energética por una reforma política, ¿qué tanto aportamos a la inviabilidad de ambas?

Al hacer un trueque de la reforma fiscal por la reforma de telecomunicaciones, ¿qué tanto abonamos al repudio de una y a la esterilización de la otra?

Al reducir la reforma educativa a una reforma del vínculo laboral de los maestros con el gobierno, olvidando la reforma de los contenidos y practicas educativas, ¿qué tanto pervertimos y desnaturalizamos una reforma sobre la que descansa nuestro futuro como país y como civilización?

Al promover una reforma política que privilegia a la partidocracia y cierra el paso a los candidatos ciudadanos sin partido, ¿qué tanto contribuimos a la crisis de representación de nuestra democracia?

Al dar un paso adelante en materia de transparencia en la Constitución, pero al buscar echarla dos pasos atrás con una ley secundaria regresiva, ¿qué tanto estamos abonando a la desconfianza y al alejamiento de este poder legislativo?

En suma, al impulsar un sistema nacional anticorrupción que blinda a la presidencia de la República de cualquier posibilidad de escrutinio y rendición directa de cuentas, ¿qué tipo de reforma gatopardista impulsamos con el propósito de cambiar las cosas para que al final sigan igual?

En la historia del país, no es la primera vez que un paquete de reformas de gran calado termina en un agravio nacional de gran alcance; es decir, en una crisis de legitimidad sistémica.

Las reformas borbónicas del siglo XVIII, donde la Corona Española introdujo cambios administrativos y fiscales para eficientar la exacción de la renta colonial, fue el detonador de la Guerra de Independencia.

Las reformas científicas del porfiriato, diseñadas para lanzarnos a la modernidad económica pero manteniendo el autoritarismo político, nos lanzaron a la revolución de 1910.

Las reformas salinistas de hace dos décadas, que buscaron también la modernización del país pero sin modificar su estructura social, terminaron en el estallido indígena del EZLN y en el inicio de un ciclo de violencia política que aún no acaba.

Las reformas estructurales aprobadas por nuestra Legislatura en los últimos dos años pertenecen desafortunadamente a esta estirpe de cambios, que lejos de unir al país lo polarizan; lejos de cohesionarlo, lo fracturan; y en lugar de avanzar, retrocedemos.

El hecho de que hoy estemos en un crisis de confianza y credibilidad, adentro y afuera del país, es la prueba irrecusable de que estas reformas portan más errores que aciertos.

Uno de ellos, el más obvio, es que no cuentan con el apoyo, la aceptación y la confianza de la sociedad. Son reformas que no han pasado ni pasarán la prueba de las urnas.

Se pide el beneficio de la duda. Pero cuando hay duda sobre el beneficio, es imposible pedirle a la gente que siga girando cheques de confianza en blanco.

No está en juego el futuro de tal o cual poder. No está en riesgo tal o cual gobierno. No es únicamente la viabilidad de nuestra democracia la que está en un predicamento.

Es la nación mexicana la que está en peligro y la que demanda retomar el camino de la confianza, la credibilidad y la legitimidad de sus instituciones y de sus políticos.

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