El temple de Claudio Castillo Peña por @lhan55

Publicado el Marzo 3, 2015, Bajo Columna de opinión, Autor MonaLisa.

Luis Hernandez Navarro-1_mini Luis Hernández Navarro, La Jornada, 3 marzo 15

El ataúd gris con el cuerpo del maestro Claudio Castillo Peña es cargado a hombros en Acapulco por sus compañeros. Lo franquea una lona con su imagen empuñando un bastón en la mano derecha y el puño izquierdo levantado, y el texto: Hasta la victoria, maestro Claudio, hé­roe de muchas batallas. Seguirás las luchas con nosotros.

Los homenajes se repiten a lo largo del recorrido de la carroza fúnebre hasta su destino final en el panteón de su natal Tanganhuato, en la Tierra Caliente de Guerrero. Asesinos, asesinos, gritan indignados al gobierno los profesores democráticos, en las ceremonias que le hacen de cuerpo presente en Acapulco, Iguala, Arcelia, a su camarada.

El maestro Claudio Castillo Peña tenía 65 años cuando, el Día de la Bandera, la muerte lo alcanzó en Acapulco.
Esa noche, como siempre hacía en las movilizaciones magisteriales, él estaba dentro de una camioneta arengando a la multitud con un altavoz, cuando la Policía Federal lo atacó. No pudo correr porque las secuelas de una poliomelitis lastimaron su pierna derecha.

Los agentes rompieron con violencia los vidrios del vehículo. Él abrió la puerta y les pidió que le permitieran bajar. ¡No tengo armas!, les decía. Todo fue en vano. Uno de los jefes policiacos lo jaló del cuello y la ropa y comenzó a golpearlo. Los policías le gritaban: ¡Ora sí, pinche viejo hijo de tu puta madre… Sigue gritando! La paliza que recibió fue tan brutal, que el maestro Claudio falleció con 18 costillas rotas y dificultad para respirar.

El profesor Claudio Castillo egresó de la Normal Rural de Ayotzinapa en 1974. Impartió clases en la escuela Juan N. Álvarez, en la ranchería Kilómetro 20, en Acapulco. Fue profesor de formación cívica y ética en secundaria. Era un maestro recto y estricto con la entrega de trabajos y tareas.

Admirador de Nikolai Ostrovski, el escritor soviético aquejado por tifus, reumatismo crónico y una parálisis casi total, Claudio parecía ser un personaje inspirado en el autor ruso o sacado de su novela Así se templó el acero, obra de lectura casi obligada en las normales rurales del país. Su poliomielitis no le impidió nunca trabajar y luchar por la democratización y dignificación del gremio magisterial. Se sobrepuso a ella con tenacidad y voluntad ejemplares.

Al jubilarse se mantuvo como activo militante sindical. Frente a su féretro en Iguala, su hermana Isabel Castillo, ahora maestra retirada que apoya las movilizaciones del magisterio democrático, narró: “Aunque jubilado, él siempre estuvo en la lucha. Cuando yo le decía, ‘hermano, estás jubilado, tú ya no, vamos nosotros’, él me decía, ‘carnala, no me siento bien de estar en mi casa sentado o acostado y que mis compañeros anden luchando’”.

Fundador de la Coordinadora Estatal de Trabajadores de la Educación en Guerrero (Ceteg) en 1989, su compromiso militante venía de tiempo atrás. Ese año participó en la ciudad de México en las jornadas de la primavera magisterial que derrocaron el cacicazgo del líder vitalicio del SNTE Carlos Jonguitud Barrios. Dotado con el don de la palabra, Claudio era un orador eficaz y claro.

Su compañero, el profesor Horacio Bahena Bustamante, lo recuerda en esos días llegando a la ciudad de México. “Te pusiste de pie –le escribió en una carta póstuma– antes de llegar a la central de Tasqueña y les hablaste a los pasajeros, más que con palabras, con ese corazón tan grande que tenías, pidiéndoles su apoyo y comprensión. Fueron tus palabras las que nos dieron de comer aquellos primeros de días de lucha; durmiendo en las frías y mojadas calles del DF, en el suelo, sobre pedazos de cartón y a la intemperie”.

Incansable, encontró su lugar en las manifestaciones a bordo de las camionetas de sonido desde donde explicaba las razones de la movilización. En 2007 fue parte activa de las luchas en Acapulco contra la inseguridad pública y en 2011 se opuso a la reforma educativa. Desde que la noche de Iguala del pasado 26 de septiembre sacó a los maestros a las calles de Guerrero a exigir la presentación con vida de los 43 normalistas desaparecidos, Claudio se incorporó de lleno a esa batalla.

Desde que hace más de cuatro meses que el magisterio tomó las oficinas del Instituto de Educación Básica Normal (Ineban) en Acapulco, el maestro Castillo se instaló allí. Cada día, sentado en una silla, recibía a profesores, atendía a reporteros, asesoraba a pensionados y alentaba la defensa de los trabajadores de la educación.

Casado, padre de dos hijas, Claudio Castillo vivía en una pequeña casa de interés social del Fovissste. No le faltaban las palabras de aliento para sus compañeros en los momentos difíciles. Siempre insistió en la necesidad de la unidad del movimiento. Era un firme defensor de la educación pública. Participó en la lucha en favor de los libros de texto gratuito para secundaria.

Ese 24 de febrero en que fue asesinado por la policía, el maestro Claudio marchaba con sus compañeros para exigir el pago de sueldos atrasados de más de 12 mil trabajadores de la educación, y la certeza laboral de que conservaran el empleo que han venido desempeñando desde hace años. El problema fue creado por el gobierno federal al recentralizar absurda y autoritariamente la nómina magisterial y dejar sin validar las plazas ocupadas desde hace mucho tiempo por los mentores.

Ofensa sobre ofensa, en oposición a los testimonios de muchos profesores que vieron cómo el maestro fue asesinado a golpes por policías federales, el comisionado nacional de Seguridad, Monte Alejandro Rubido, dijo que la víctima falleció resultado de un aplastamiento. El secretario de Educación de Guerrero, Salvador Martínez della Roca, declaró que la versión del comisionado es risible.

Decía Nicolai Ostrovsky que “lo más preciado que posee el hombre es la vida, se le otorga una sola vez y hay que saber vivirla de modo que al final de los días no se sienta pesar por los años pasados en vano, para que no exista una angustia por el tiempo perdido y para que al morir se pueda exclamar ‘toda mi vida y todas mis fuerzas han sido entregadas a la causa más noble en este mundo, la lucha por la liberación de la humanidad’”. Eso hizo el profesor Claudio Castillo Peña hasta que fue ultimado.

Twitter: @lhan55

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