Las torturas de la CIA y la hipocresía de “las buenas conciencias” – por Rubén Luengas

Publicado el Diciembre 19, 2014, Bajo Columna de opinión, Autor LluviadeCafe.

Obama y sus 2 millones de deportaciones, por Rubén Luengas

Por Rubén Luengas

“No se puede ser y no ser algo al mismo tiempo y bajo el mismo aspecto. (Aristóteles)”

De ninguna manera me sorprendió el contenido del informe del Comité de Inteligencia del Senado de los Estados Unidos sobre las torturas realizadas por la CIA en cárceles secretas en Europa y Asia. Lo que sí me sorprendió es que una buena parte de los horrores infligidos a sospechosos de terrorismo se divulgara oficialmente, denunciando que estos habían sido mucho más brutales de lo que la CIA había reconocido ante el Congreso y que no habían servido para la obtención de información que evitara ataques contra Estados Unidos o salvara vidas de ciudadanos estadounidenses.

Tampoco sorprende, aunque sí indigne, que tras la publicación de dicho informe, se discuta más sobre la utilidad que pudiera haber tenido o no la tortura, que sobre las implicaciones legales, éticas y morales de la misma. Se mintió descaradamente al pueblo estadounidense y a sus representantes en el Congreso y no pasa absolutamente nada. “No hay delito alguno que perseguir”, dijo el propio presidente Obama, tampoco hay protestas ni manifestaciones de indignación en las calles, mientras no son pocas las voces que en los medios pretenden justificar los métodos espeluznantes de “interrogación” como alimentación o hidratación rectal, ahogamiento simulado o “waterboarding” hasta provocar el vómito, amenazas con taladro eléctrico, amenazas de introducción de palos de escoba por el recto, privación del sueño durante días o causar incluso la muerte por hipotermia a un detenido “sospechoso”, desnudo y encadenado.

Entre los casos revelados por el informe del Senado, está el de Arsala Khan, un afgano que fue mantenido despierto de pie durante 56 horas hasta causarle alucinaciones y quien tras más de un mes de “interrogatorios exhaustivos”, la CIA concluyó que “el detenido no parecía estar involucrado en planes contra Estados Unidos” y finalmente ordenó que fuera regresado a su pueblo y le otorgaran un pago en efectivo. Sin embargo, Khan fue transferido al Ejército, que le custodió durante cuatro años más, a pesar de contar con evidencias de que su acusador tenía intereses personales contra él y su familia. ¿Por qué no veo indignación entre ustedes? Pregunté a un conocido estadounidense en una reunión en la que se asomó muy tímidamente el tema: “Porque le tenemos miedo a los malos, a los terroristas”, me respondió sin dejar espacio a un seguimiento poco más profundo en la conversación.

Si algo me ha quedado claro tras casi catorce años de vivir en Estados Unidos, es que para la mayoría de los estadounidenses el mundo se divide en un tajante maniqueísmo entre “buenos y malos” . Y si su gobierno hace cosas malas, se debe únicamente a la necesidad de responder y enfrentar a “los malos”, a los “enemigos de la democracia y de la libertad”. De tal suerte que desde ese paradigma e inmaculado auto-concepto mítico de excepcionalidad estadounidense, casi nadie cuestiona por ejemplo, declaraciones como la del presidente Harry Truman sobre el uso de la bomba atómica: “Demos gracias a Dios de que (la bomba) haya ido a parar a nuestras manos y no a las de nuestros enemigos; y le pedimos que Él nos guíe para utilizarla según sus designios y para sus fines”.

En muchos casos, el sólo intento de reflexionar sobre el impacto que las acciones de Estados Unidos tienen en el resto del mundo puede resultar irritante y hasta considerado conducta sospechosa para muchos estadounidenses en casi todos los ámbitos de intercambio social con los que he tenido contacto, incluidos los relacionados con la practica del periodismo, al grado de incurrir con frecuencia en la negación apasionada de hechos reales perfectamente documentados. Sin ese reconocimiento de la realidad, no puede existir forma alguna de revertir procesos que terminan tarde o temprano por fracturar los pilares sobre los que se sostienen hegemonías imperiales como la estadounidense, desde finales de la Segunda Guerra Mundial.

Muy significativos en este contexto de falta de capacidad de asombro e indignación ante la confirmación oficial de prácticas ilegales e inmorales de tortura, son los resultados arrojados por una encuesta de 2003 de la Universidad de Connecticut en los que 46% de los encuestados dijo que en Estados Unidos había demasiada libertad de prensa; 26% dijo que ningún medio debía publicar nada sin previa autorización del Gobierno; 31% pedía que se prohibieran las manifestaciones antitéticas durante la guerra en Irak; y el 50% pensaba que el Gobierno tenía el derecho de restringir la libertad de culto de algunos grupos religiosos. De ahí podría explicarse que el informe del Senado no parezca haber modificado la percepción no muy negativa de la tortura entre la población estadounidense. De ahí que un mentiroso compulsivo y perverso como el ex vicepresidente Dick Cheney, pueda aparecer tranquila e impunemente en televisión diciendo a nivel nacional en programa de la NBC que los torturadores de la CIA: “deberían ser felicitados, deberían ser condecorados”.

Los hallazgos de la investigación del Senado publicados la semana pasada son únicamente una mínima parte del informe completo, 480 páginas cuidadosamente editadas de un total de más de seis mil páginas. La Casa Blanca bloqueó la publicación del informe completo para complacer los deseos de la CIA y para respetar “el pacto de impunidad” existente entre las administraciones de Bush y Obama, según me dijo en entrevista radial el profesor Miguel Tinker Salas del Colegio de Pomona.

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