El canal, de Tijuana, destino para miles de deportados de EU

Publicado el Diciembre 7, 2014, Bajo Noticias, Autor LluviadeCafe.

Sanjuana Martínez

Sanjuana Martínez

Especial para La Jornada

A pesar de las medidas anunciadas por el presidente Barack Obama para evitar la deportación de 5 millones de indocumentados, las expulsiones no se detienen. Cada día Estados Unidos deporta a 200 migrantes por esta frontera, según Prevención del Delito y Participación Ciudadana.

¿A dónde van los deportados? La mayoría decide quedarse en esta ciudad para buscar la oportunidad de volver al vecino país. El Estado se niega a atenderlos, a pesar de que la Secretaría de Gobernación, a través del Programa Nacional de Prevención del Delito, otorgó más de 59 millones de pesos para la atención de esta población vulnerable.

Hay una población flotante y otra permanente de deportados que se quedan a vivir meses e incluso años en el canal, dice en entrevista Víctor Clark Alfaro, director del Centro Binacional de Derechos Humanos, al alertar sobre el destino de miles de migrantes expulsados sin atención de los gobiernos de Estados Unidos o de México.

“Son la reserva de mano de obra barata y desechable para el crimen organizado. Los contratan como puchadores (narcomenudistas), cocineros para producir la droga denominada cristal, banderas, halcones o estacas. ¿Qué ha hecho el Estado? Por muchos años ha ignorado el problema, pero ha dado una respuesta institucional que es la persecución y encarcelamiento de esta gente visible. Y hace una limpia social cotidiana”.

Los deportados llegan a una especie de limbo ubicado en el bordo, un canal detrás de las compuertas del río Tijuana, donde construyen ñongos (cuartos) con cartón, madera, lamina, lonas y mantas, dentro y fuera de los ductos del drenaje… son auténticas madrigueras entre ratas, aguas negras y basura.

Aquí se concentran cientos de migrantes. No son estadunidenses, pero algunos dejaron de sentirse mexicanos hace mucho tiempo, incluso olvidaron el español. La crisis de identidad los asalta cuando los lanzan a un país que les resulta ajeno, lejano e ingrato. No son ni de aquí ni de allá.

Elizabeth Estrada Álvarez lleva dos años viviendo en el bordo, dice que habla pocho o espanglish, que era manager de un building y la deportaron hace dos años desde Los Ángeles, California. Nació en el Distrito Federal, pero a los 12 años sus padres la llevaron a conquistar el sueño americano, donde estudió sistemas computacionales.

Tiene cuatro hijos allá: Adan Vladimir, Pamela Viridiana, Francisco Javier y la pequeña Arleth Elizabeth, quien apenas tenía cinco meses cuando la expulsaron por una infracción de tránsito: “Me di una vuelta prohibida en la troca, traía a mis hijos, me detuvieron, me dieron una infracción y luego me deportaron porque había puesto en peligro la vida de mis hijos”.

Lleva en los brazos tatuados una rosa, una cruz y un ángel. Las cicatrices en el rostro y el cuerpo le recuerdan la bienvenida que le dieron al llegar a México, también la ausencia de dientes que le tumbaron con un bate en el brutal asalto que sufrió.

El juez estadunidense le ha dicho que no podrá volver hasta dentro de tres años. La desesperación la lanzó al consumo de drogas. Ha perdido 20 kilos. La depresión la persigue. Dice que sólo mira a sus hijos los domingos por Internet.

El narcomenudeo en el canal es intenso. Los globos de cristal cuestan 50 pesos, pero los litros de mezcal los consiguen más baratos: Tomo alcohol Tonayán, cuesta 20 pesos el litro. Vivir aquí es lo más feo que puede haber. Es lo más bajo que he caído. Todos piensan que somos la peor gente que hay. Y no es cierto. Necesitamos ayuda. Estamos en esta situación porque Estados Unidos nos deporta y porque México nos ignora.

Elizabeth duerme generalmente aquí, entre aguas negras, ratas y basura. A veces prefiere irse a pernoctar al hospital, aunque el frío no deja dormir. Esta mañana desayunó arroz y frijoles en el albergue del padre Chava. Hay alrededor de 10 albergues cristianos y católicos que alimentan en sus comedores gratuitos a los deportados.

Con la mirada perdida, da un trago prolongado al mezcalito. Cierra los ojos con un profundo suspiro cuando recuerda su bajada a los submundos de la dependencia: Yo no sufrí, soy hija única. Me metí al vicio cuando llegué a Estados Unidos. La vida loca allá es muy loca. Allá vives pobre, pero con dignidad, aquí no nos dejan hacer nada porque no tengo papeles. Ya no soy de allá ni de aquí. Somos nada. ¿Que ha hecho mi país por mí? Nada ¿Cómo sentirme orgullosa de México, si me denigra?

Caminar por las márgenes del bordo es adentrarse en el inframundo de los deportados. Vidas truncadas, destinos interrumpidos, familias desintegradas. Todos tienen una historia desoladora, llena de frustración y tristeza. Algunos, como David Enrique, de 48 años, llevaban 30 años viviendo en Estados Unidos.

Trabajaba en la construcción y lo detuvieron en la calle durante una redada en Oregon. Dejó allá tres hijos. Ahora se enfrenta al problema de recuperar su identidad. Para tener una acta de nacimiento extemporánea tiene que esperar cuatro meses y le cobran 700 pesos. No puede trabajar porque en todas partes le exigen la credencial del INE (Instituto Nacional Electoral).

Obama y (Enrique) Peña Nieto no arreglan nada. Esos se hacen güeyes nomás. Nosotros estamos en medio. Quiero chambear aquí un rato. Ahorita no puedo pasar, tengo que esperar unos dos años. Aquí se pierde todo, la familia se desintegra por más que uno hable por teléfono. Los deportados somos un problema social, pero el gobierno se hace pendejo y no nos da apoyo.

Víctor Clark coincide, dice que los deportados son visibles en una zona moderna de la ciudad donde están los centros financieros, culturales y comerciales de la elite de Tijuana: Para el Estado y para quienes están aquí cerca, son un problema social, de seguridad pública.

El trabajo antropológico y de investigación que realiza en esta zona le permite afirmar que la condición del deportado es la del fracaso: “Son los desechos del mercado laboral estadunidense. Aquí no los quiere nadie, allá tampoco. Aquí no tienen ningún futuro.

De los 200 deportados diariamente, 30 por ciento vienen de prisiones y pandillas, gente que no tienen posibilidades de ser contratados por nadie, son jóvenes que tienen habilidades pero que aquí nadie los va a contratar, porque están estigmatizados, algunos tatuados, señalados por la forma en que hablan el español, la forma en que caminan o se visten.

Los deportados, además de estar estigmatizados, son altamente discriminados y rechazados por la sociedad”.

Además del shock de la expulsión, los deportados tienen que enfrentar el desempleo, y quienes provienen de entornos de violencia son cooptados directamente por el crimen organizado: “Los que vienen de pandillas como la Mara Salvatrucha o la mafia mexicana, encuentran sólo trabajo en el narcotráfico, que controla la cuarta economía de Tijuana. Hay otro 30 por ciento de deportados que son mexicanos que viven largas temporadas en Estados Unidos y tienen de 45 a 60 años de edad. Esos mexicanos no tienen ningún futuro en la ciudad”.

Mientras recorre el el bordo, Clark, va narrando la forma en la que esta población flotante y permanente es ignorada por las políticas públicas del gobierno tijuanense: Algunos se mantienen con los 200 o 300 dólares que les mandan sus familiares, otros regresan al pueblo de donde salieron hace 20 o 30 años y son unos desconocidos, otros se quedan y un tercer grupo son los que intentan cruzarse permanentemente y lo van a seguir intentando.

Añade: De esos deportados, un porcentaje menor, son los que van quedando como indigentes en la ciudad. Algunos deportados por violencia intrafamiliar con lo cual su familia ya no los quiere. Comienzan a entrar en problemas existenciales y no logran sobrevivir frente a un medio muy agresivo sin ningún futuro en el largo plazo, no tienen forma de encontrar empleo, no tienen una manera digna de sobrevivir. Y comienzan a entrar en un proceso de pauperización que se da de manera rápida.

El deportado llega a México desconcertado. Al no recibir apoyo, en una semana puede terminar en condiciones de indigencia. El proceso es paulatino y fulminante. Los albergues alrededor de esta frontera sólo los aceptan durante unos días, luego tienen que buscarse la vida. La mayoría termina en este hoyo, como también se le conoce al canal.

Los deportados eran apreciados por México mientras estaban en territoruo estadunidense: Esos migrantes deportados cuando eran migrantes indocumentados en Estados Unidos eran la segunda fuente de divisas de México: el año pasado enviaron 20 mil millones de dólares. Pero cuando tienen la calidad de deportados, esos que enviaban dólares pasan a ser ignorados.

Víctor Clark recorre el bordo identificando los cambios de esta antigua problemática. Patricia, aparece con una bolsa de fritos y una bebida en la mano. Tiene 20 años, es alta y muy delgada, con un rostro bello, ojos verdes y unos labios gruesos que dicen verdades aplastantes de esta lacerante realidad. Cuenta que plancha botes para el reciclaje y es consumidora de cristal: Hoy por 32 kilos de plástico, cinco y medio de lámina, uno y medio de aluminio y 10 de fierro, nos pagaron 87 pesos.

Es de Los Mochis, Sinaloa. Hace un año fue deportada con su pareja. Durante este tiempo la policía la ha detenido cinco veces, la última vez sin motivo aparente: “No me violaron, pero me decían: Ahorita te vamos a poner en 20 uñas. Los placas (policías) son tercos y mamilas, los hijos de su chingada madre”.

–¿En 10 años cómo te ves, Patricia? –le pregunta Clark con libreta en mano. Ella contesta extrañada: No me veo. No sé. La neta no pienso en el futuro, ni sé que día es hoy.

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