Discurso y realidad muy cargados

Publicado el noviembre 28, 2014, Bajo Columna de opinión, Autor MonaLisa.

Lorenzo_Meyer
POR: LORENZO MEYER 27 NOVIEMBRE 2014 – El Mañana

Diagnóstico. Marchas y protestas públicas como las actuales no son producto sólo del crimen cometido en septiembre por las autoridades en Iguala, sino de la acumulación de agravios del sistema político –inseguridad, brutalidad de autoridades y de sicarios, raquitismo de la economía, desempleo crónico, corrupción abierta e impune, ineficiencia institucional, partidos políticos que consumen recursos públicos a pasto pero son incapaces de cumplir su función, elecciones trampeadas, etc.- que han desembocado en una “transición democrática” ya sin contenido.

La actual inestabilidad mexicana es sistémica, y los responsables no son los que protestan sino aquellos contra los que se protesta.

Es inaceptable fincar el “desorden social” en marchas y protestas. Ese desorden se generó de tiempo atrás por un conjunto de razones estructurales, en particular el inaceptable desequilibrio entre clases y regiones y del que el escándalo de la “casa blanca” presidencial es apenas un indicador. En esta economía de vacas flacas, la acumulación desmedida de los pocos y lo precario de las formas de vida de los muchos son el corazón de un desorden social cotidiano. Los estudiantes de Ayotzinapa, sus familias, el tipo de economía de Guerrero -el reparto tan desigual de las cargas y los beneficios-, son apenas una muestra de lo precario y propenso a la inestabilidad del andamiaje social.

La ausencia de un orden legítimo y viable es, a la vez, causa y efecto del crimen organizado y de la saña de algunas de sus acciones. Ese gran problema es la razón del descontento que hoy impulsa marchas, bloqueos, choques, descrédito de la autoridad y exigencia de cambio de un status quo ya inaceptable para muchos.

Historia. Hay términos que tienen significados que no están registrados en diccionarios. Y es que el sentido de esos términos depende de su asociación con experiencias concretas, por tanto el discurso político debe de tener siempre en cuenta cual es la carga histórica del lenguaje que emplea y en qué circunstancias lo emplea.

“Desestabilizar”, “Desorden Social” El 18 de noviembre, a la vez que su esposa intentaba justificar la posesión de una lujosa mansión en una zona habitada por la crème de la crème, el presidente Enrique Peña Nieto (EPN) declaró en tono severo: “Hemos advertido que …se pretende hacer valer protestas al amparo del sufrimiento de los padres de familia de Ayotzinapa… Pareciera que [las protestas] respondieran a un interés de generar desestabilización, de generar desorden social y, sobre todo, atentar contra el proyecto de Nación que hemos venido impulsando”. La esencia de ese discurso la repitieron quienes rodean a EPN y, lo que es peor, le dio concreción la policía la noche del 20 de noviembre en la capital.

Que un presidente priísta responda a movilizaciones que cuestionan su gestión, insinuando que hay algo en esas protestas que buscan “desestabilizar” y provocar “desorden social”, lleva inevitablemente a asociar su lenguaje y acciones con Gustavo Díaz Ordaz y los actos criminales que ordenó en 1968.

Al inicio de los 1960, en Chihuahua y Guerrero hubo protestas contra el sistema caciquil local; inicialmente fueron pacíficas pero la reacción del gobierno las tornó violentas y trágicas. En 1968, la descalificación de la inconformidad estudiantil preparó el terreno para que la presidencia justificara el poner fin a su desafío mediante un asesinato masivo de inconformes sin tocar la raíz del problema: la naturaleza de un régimen envuelto en un tenue velo de formalismo democrático pero que no podía esconder su esencia autoritaria, generadora de desigualdades sociales y corrupción, aunque aún capaz de algo que hoy ya le es imposible: lograr un crecimiento promedio del 6% anual del PIB y mantener bajo control al crimen organizado.

La “Guerra Fría” y el ambiente anticomunista permitieron a Díaz Ordaz -como a sus antecesores-, usar un concepto muy cercano al de “desorden social”, el delito de “disolución social” -acuñado al calor de la II Guerra Mundial-, para meter en prisión a quienes les cuestionaban, implicando que detrás de su inconformidad no se encontraban causas reales de insatisfacción con un sistema arbitrario y un poder sin contrapesos, sino meras maquinaciones de comunistas que, usando el “oro de Moscú”, financiaban a agitadores apátridas que buscaban destruir a la nación mexicana en aras de los intereses del imperialismo soviético. Es por eso que aquí y ahora acusaciones de “desestabilización” y “agitación social” tienen un pasado y una connotación siniestras. ¿EPN y quienes preparan sus discursos tienen o no noción de lo anterior? ¿Usaron esos términos cargados conscientemente para justificar la violencia de los granaderos en el zócalo la noche del 20 de noviembre?

Proyecto de Nación. EPN afirmó que alguien está atentando contra el “proyecto de Nación que hemos venido impulsando”. Sin embargo, los lemas coreados por quienes hoy protestan pacíficamente muestran que en la calle no se ve otro proyecto que uno diseñado por y para beneficio casi exclusivo de las élites políticas y económicas a costa del interés de la mayoría.

Fuera del círculo del poder no se ve ningún “proyecto de nación” digno del nombre. La esencia del reclamo hoy es justamente que desde la sociedad se formule ese proyecto; uno claro y justo que dé cabida los millones que hoy están afuera del actual que no es un proyecto nacional sino apenas un arreglo oligárquico.

RESUMEN: “EMPLEAR EN EL DISCURSO OFICIAL ACTUAL TERMINOS COMO ‘DESESTABILIZAR’ O ‘DESORDEN SOCIAL’ PARA EXPLICAR LA PROTESTA MASIVA ES VOLVER A TROPEZAR CON LAS MISMAS PIEDRAS DEL 68”.

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