De la provocación a la represión

Publicado el noviembre 24, 2014, Bajo Columna de opinión, Autor MonaLisa.

Represion provocación 34
Enfrentamiento en el Zócalo al término de la marcha multitudinaria del 20 de noviembre pasado, que reclamaba investigar a fondo el destino de los 43 normalistas. Foto Pablo Ramos

Víctor Flores Olea / La Jornada / lun, 24 nov 2014 13:04

Otra vez se presentó el muy extraño fenómeno de que una marcha multitudinaria que llenó el Zócalo el jueves 20 pasado, después de tres columnas que avanzaron de diferentes sitios de la capital (columna de la Independencia, Monumento de la Revolución, Plaza de las Tres Culturas), y que habían sido ejemplarmente ordenadas y autocontroladas, terminó en su final (antes de las 21 horas) en una gresca que nos exhibió el lamentable espectáculo de un grupo de encapuchados que agredió fundamentalmente a las fuerzas del orden que resguardaban el Palacio Nacional y sus puertas, obligándolas a intervenir sí, en contra de ese grupo de violentos,

pero que también finalizó con la “limpia” total del Zócalo, es decir, obligando a unos y otros a desocupar la Plaza mayor y a dar por terminada una movilización que reclamaba la investigación a fondo del destino de los 43 normalistas desaparecidos y su presentación con vida (¡Vivos se los llevaron, vivos los queremos!).

En mi artículo de la semana pasada apuntaba que el fenómeno de la provocación, que después abre paso a la represión, no es nuevo en las movilizaciones estudiantiles. Se recordará bien el ataque en calles de la ciudad de México (Cruce de Melchor Ocampo y San Cosme), del grupo paramilitar de los Halcones (o Batallón Olimpia) a una marcha estudiantil que dejó 120 estudiantes muertos, y que fue parte de una estrategia oficial para desarticular el movimiento estudiantil de 1971, en el trágico Jueves de Corpus. Los llamados Halcones, según se supo después, fueron inclusive entrenados en Estados Unidos y tenían plena coordinación con la policía capitalina de la época. Hay videos elaborados posteriormente en que se confirma lo anterior.

Recordemos también, para no ir más lejos, que el 31 de julio de 1972 un grupo de supuestos normalistas encabezado por Miguel Castro Bustos y Mario Falcón tomó por la fuerza la Rectoría de la UNAM. Estos hechos culminaron con la renuncia del Rector Pablo González Casanova, quien sospechaba de qué autoridades oficiales dependían los infiltrados y que exigió siempre que los detuvieran las autoridades policíacas fuera del ámbito universitario, ya que los aludidos salían a placer del campus e inclusive desayunaban casi a diario, según múltiples testimonios, en un Vip’s cercano a CU. La policía jamás los detuvo y el Rector, sabiendo que se trataba de una trampa en contra de la institución y de su persona, prefirió renunciar a llamar a la policía a que penetrara en el campus universitario. Todo esto no es nuevo, como decíamos, y tiene un sinfín de antecedentes en la historia universitaria del último medio siglo.

Parece que se repite la historia, con otras modalidades, pero el objetivo de la nueva agresión claramente está dirigido a la desmovilización de los millones de mexicanos que protestan por lo ocurrido en Iguala con los normalistas desaparecidos de Ayotzinapa. El jueves 20 de noviembre, ante la gran manifestación, las “autoridades” (que sean) decidieron que esa culminara con un “escarmiento” para que no se vuelvan a repetir actos como ese, pero parece que sobre todo les interesaba que no surgiera la “ocurrencia”de última hora de quedarse ocupando el Zócalo durante toda la noche. Esta parece ser uno de los motivos que llevó además a las fuerzas de la “seguridad” a “limpiar” el Zócalo de todos sus ocupantes, cualesquiera que fueran.

El sentir general es que resultó extraordinariamente extraño que los “anarquistas” aparecieran a última hora para culminar una manifestación extraordinariamente concurrida y pacífica, en orden. Tan extraño fue el caso que inclusive locutores o informantes de canales con gran audiencia, como Joaquín López Dóriga (de Televisa) o Mario González (de CNN), no pudieran resistir la tentación de preguntarse por qué habían aparecido esos “desorganizadores” entrenados al final del mítin en el Zócalo, de dónde venían e inclusive de que “autoridad” dependían. ¡Misión cumplida: destripar la manifestación pacífica! Y que se preguntaran por qué las autoridades no habían actuado antes, si desde el 1º de diciembre de 2012, el día de la toma de posesión de Enrique Peña Nieto, habían hecho su aparición violenta estos llamados “anarquistas, de los cuales las autoridades conocían sus nombres y hasta sus apodos. ¿Y porqué razón nunca se ha hecho público el perfil, nombre y características de los supuestos “anarquistas” detenidos, si es que los hay. Hasta hoy, 21 de noviembre, se consignan en Excelsior algunos nombres como responsables de los hechos violentos ¿Y luego? Veremos.

El hecho es que hoy la ciudadanía no se traga tan fácilmente esas “ruedas de molino”, con el resultado de que muy probablemente, en lugar de “contener” y “desalentar” a los manifestantes, tales actos estimulan la indignación y la decisión de la ciudadanía a seguir protestando y expresándose multitudinariamente. ¿A dónde vamos? ¿A una represión mayúscula y masiva? El hecho es que por parte del gobierno se ha tomado una vía extraordinariamente peligrosa, cuyo resultado está siendo el de incendiar al país en vez de aminorar los reclamos y la indignación de estos millones de compatriotas nuestros.

Por supuesto los “guardianes” del orden golpearon e incluso detuvieron a pacíficos manifestantes, cuya libertad exigimos enérgicamente. Todos los testimonios publicados hasta ahora apuntan a la detención brutal de manifestantes pacíficos, en cambio, para nada se sabe de la detención de ningún “anarquista”.

En algunos reportajes se dice, por ejemplo “De repente surgieron policías de las calles aledañas al Palacio Nacional, entre ellas la de Corregidora, quienes lanzaron gases lacrimógenos para dispersar a la multitud… En varias ocasiones, decenas de personas de todas edades se plantaron frente a los escudos que empuñaban los granaderos, y urgieron a éstos a no reprimir la manifestación. Pero no impidieron las bruscas y sucesivas avanzadas de los policías hacia los ocupantes de la plaza” (El Universal, 21 nov).

¿Qué se busca? Porque obviamente la violencia no ha surgido de los manifestantes propiamente dichos, sino de los llamados “anarquistas” y de los cuerpos de seguridad. ¿De dónde surgieron, quien los comanda? Aparte de que pueda haber jóvenes desorientados, por excepción, que siguen sus procedimientos, un día no muy lejano se conocerá su procedencia precisamente provocadora y que siempre ha sido el preámbulo de una represión amplificada.

Son tiempos muy delicados, y la represión sería el último de los recursos para aminorar la presión. Pero ¿esto lo entenderán los gobernantes? Hoy no parece probable.

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