PERFILES: ¿Y cuando ni siquiera la esperanza inútil queda?…

Publicado el Septiembre 16, 2014, Bajo Columna de opinión, Autor LluviadeCafe.

Lilia Arellano perfiles

Son muchas las menciones que se hacen para lo que se ha perdido. Compositores de todos los tiempos han dedicado canciones por demás pegadoras para esas ausencias. Lara, nos hizo cantar Amor Perdido, y le tallaba duro a la herida: “si como dicen es cierto que vives dichoso sin mí… no estoy herido, por el contrario le doy un aplauso al placer y al amor, que viva el placer, que viva el amor, quiero a quien me quiera, que viva el amor”.

Cuando dolor debe sentirse para pasar de un estado de ánimo a otro sin escalas, directo, corazón, hígado, cerebro, con aterrizaje en el instinto, en el de sobrevivencia asistido por el deseo. “Hoy te perdí y te juro no vuelvo a jugar, porque a nadie volveré a amar como te quiero a ti”, con esas frases, el dolor y unos rones, no puede uno sino pensar en los cambios de rumbo que tiene la vida.

Claro que hay otras pérdidas, las de la familia y sin duda que cuando los hijos se van o la madre es llamada por el Creador del Universo, se sufre, pero también se canta: “Tu eres la tristeza de mis ojos, que lloran en silencio por tu amor, me miro en el espejo y veo mi rostro el tiempo que he sufrido por tu adiós”, que ha hecho famosa en letra y en interpretación Juan Gabriel, quien declaró que la compuso ante la partida materna. “Y como es él, en que lugar se enamoró de ti, pregúntale a que dedica el tiempo libre, es un ladrón que me ha robado todo”, se constituyó en la exigencia de un padre que quiere conocer mucho más de quien se lleva su más preciado tesoro: una hija.

Pero sin duda que la vida va cambiando y las formas de sentir van con ella acompañadas. Vemos que en la actualidad duele más perder un celular que a la novia, o a la mujer. Por el aparatito sufren, padecen por el directorio, se conduelen del precio que pagaron, tienen que levantar un acta si desean que se los devuelvan sin costo, suspiran de alivio cuando logran tener entre las manos otro, aunque no sea más moderno, ni esté dotado de alta tecnología. El que perdieron es con el que se habían no solo adaptado, sino que ya lo querían. Con él en marcha pueden hablar una y otra vez con la ingrata que se fue, o preguntar por los niños cuando la separación es matrimonial. Se usa hasta para una serenata sin gran costo y sin abandonar la mesa de los amigos, el celular es parte de lo que siente el corazón y ocupa muchas horas de nuestra mente, hace que no solo hablen, se expresen, sino también que escriban. La pregunta con todo esto es ¿hay algo más importante que un celular?

Porque con él no se disfruta de un baile pegadito. Si bien está cerca, pero pegado a la oreja, para nada despierta esas temperaturas de acercar mejilla con mejilla en una melodiosa danza, en una que se practica en todo el reino animal, la que tiene como final la demostración de la vigencia no solo por la euforia o el buen estado físico, sino por la cadencia de los movimientos que a la pareja o a los que observan los lleva de la mano a la imagen de otra postura, de una horizontal que es lo que en el fondo conlleva. La satisfacción de bailar y bien una lambada o de sentir la pierna del sexo contrario apretada contra otras extremidades en la famosa quebradita, no la da el celular a menos que las pláticas giren en temas como el tratado por Pedro Ferriz y su amada hoy denominada “gran error humano”, lejos muy lejos de lo que se interpreta en una canción dedicada a la “Amada Amante”, a la que da todo por amor.

Dicen que el tiempo todo lo cura, que las ausencias van supliéndose al paso de los días, que eso del amor eterno dura mientras no llega el alzhaimer, cuando se descubre que todos esos sentimientos son albergados por el cerebro y se demuestra cuando se pierde la memoria y los rostros se borran y los pasados se desconocen en todos los momentos, en los dolorosos y en los gozosos, incluyendo en éstos hasta ese que dicen que es indestructible, el maternal o paternal. Si resulta cierto eso de que hay amores que duran toda la vida, o la tan romántica y sobada frase “eres el amor de mi vida”, habrá que también tomar en cuenta que la existencia de los mexicanos en la actualidad ronda por los 74 años, así que si ese se tuvo a los 24, aguantar medio siglo de ausencia, está como para seguir cantando: “un Siglo de ausencia me separa de ti y esta amarga impotencia, me ocasiona vivir tan separado de ti”.

Puede ser que con un buen capital de respaldo se tenga para contar con pretextos que la humanidad considerará muy válidos para ir de cantina en cantina, de bar en bar, de hombre en hombre o de mujer en mujer, para viajar, para que se diga que anda afanoso, buscando el olvido cuando en realidad esto no es sino un pretexto para darse unos buenos pachangones con justificación y perdón adelantados. En un sentido totalmente contrario perder el monedero, la bolsa, las tarjetas de crédito es un drama que no solo lleva al llanto, a la sensación de impotencia sino que puede dejarte sin comer, literalmente con un hoyo en el estómago que habrá de compartir con sus más cercanos.

Perder la casa por no haber podido pagar la hipoteca es otro drama; perder las llaves nos lleva al auto insulto; perder sacos, chamarras, gabardinas, rompevientos y abrigos, nos deja a merced de los fríos, de las inclemencias del tiempo y entonces se presenta el titiriteo, el castañar de los dientes y de nuevo a buscar en el archivo, en el disco duro de la mente donde quedaron; perder la guerra debe ser traumático para los generales; perder la virginidad resulta un alivio, un pase para la libertad sexual; perder el habla, la bendición esperada por el marido; perder los dientes nos hará chupar la comida dura, remojarla, para después tragarla y seguramente que el disfrute de los sabores será mayor y tal vez hasta duela tener que regresar a las dentaduras y si estas son postizas entonces sí que se conocerá el valor de lo que se perdió.

Yo diría que de todas, todas, las pérdidas, la de la esperanza es la peor. Ahí sí que no hay canción ni bebida que alivie, tampoco calificativo que pueda imponerse uno mismo o aplicárselo a quien se considere culpable. Cifrar en vano y banalidades este tesoro sí que es para llorar a moco tendido y tardar mucho en recuperarse. Y es en eso en lo que más deberían fijarse esos políticos a los que encumbramos con el voto. Cuando nos llevan a ese terreno que es directo a la inseguridad, a la inestabilidad, a la pérdida de la autoestima, a dudar del futuro, como en su momento lo hizo Ernesto Zedillo, no hay perdón. A usted, ¿se le ha perdido algo?

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