PERFILES: ¿El amor es una cosa esplendorosa?

Publicado el febrero 12, 2014, Bajo Columna de opinión, Autor LluviadeCafe.

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Escrito por Lilia Arellano

¿Qué es el amor? ¿Dónde se almacena? ¿Hacia donde conduce a los seres humanos? ¿Cómo se describe? ¿A qué huele? ¿Tiene sabor? ¿Se aloja realmente en el corazón? ¿Es lo que sentimentalmente nos mueve? ¿Es solamente necesidad de saberse querido o de simplemente estar? Las interrogantes son muchas, demasiadas, sin que todavía logremos conocer si el amor tiene algo que ver con un músculo o con lo etéreo del alma. Su invisibilidad hace que al tiempo de necesitarlo le tengamos hasta cierto temor por lo que puede provocar cuando es excesivo, dicen que hay quienes enferman de amor y hasta lo catalogan como el gran mal.

Basados en este sentimiento se han escrito cientos, miles, millones de canciones y otro número indeterminado de libros. Los hay que castigan al amor: “Las mujeres que aman demasiado”. Y esto aparece hasta relacionado con las grandes mafias: “Amando a Pablo, odiando a Escobar”. Que tal la que dice: “por amor soy de ti y seré toda la vida, mientras viva… por amor, soy de ti, por amor, por amor…” El despecho aparece también muy ligado: “como yo te amé, jamás te lo podrás imaginar, pues todo el tiempo te pertenecí, ilusión no sentí que no fuera por ti… así es como yo te amé”.

Algunos piensan que el amor filial forma, incluso, el carácter y da seguridad a los seres humanos durante su desarrollo. Sin embargo junto a la imagen de una mujer amamantando con claras muestras de profundo amor a su pequeño, aparece otra que lo arroja sin compasión al bote de la basura, o a la banqueta o si bien les va a las puertas de una casa o de un templo. El colmo es cuando los envían a las cañerías a través del servicio sanitario. ¿Unos sienten el amor y otros no? Porque también se sabe de los hijos que matan a sus progenitores, o los que los golpean, o los que son abandonados en asilos y nunca más vuelven a encontrarse.

En sentido contrario están los que se encargan de que disfruten plenamente de la vida en los años que ya son los de la bajada, cuando se está, como se dice ahora, en “la tercera edad”. Los sillones de los psicólogos y de los psiquiatras se saturan de quienes al narrar sus problemas concluyen que éstos surgieron en la etapa de la niñez, cuando la dependencia total es hacia los padres y ya sea que hubiesen almacenado rencores por los malos tratos o un exceso de cuidados, o malos ejemplos, o educaciones descuidadas, o dependencia total de terceras personas ya sean los abuelos, las institutrices o el servicio doméstico.

Al final, los fracasos durante la vida se los achacan a los padres, se les responsabiliza por ellos aún y cuando ya se sumen más de cinco décadas de existencia. Eso sí que resulta cómodo con y sin amor. Porque inexplicablemente si se toma en consideración la pertenencia al reino animal pero en su categoría de pensantes, están los que violan a los hijos, porque a su vez fueron también agredidos por sus progenitores. Y, en esto, los ejemplos lo mismo apuntan hacia los hombres que a las mujeres quienes además cuentan con la virtud de castrar emocionalmente a sus vástagos. El extremo está en igual comportamiento por parte de los abuelos.

Pero está también el sentimiento muy presente hacia el sexo opuesto. Algunas veces concluye en matrimonio que en su paso por el tiempo termina como la evolución de la Coca Cola. Primero normal, luego ligth y finalmente, Zero. En otras se presente con una pareja, con una apreciada amante o con dos, porque al momento de llegar a ese tipo de amor, ese corazón que se supone es su guarida parece dispuesto a convertirse en condominio o en secreter. Pero este amor va acompañado por agresiones de todo tipo. Van las sentimentales, las sicológicas, las que incluyen el saqueo económico, las de los golpes y trompones, las de las demandas no sólo para la separación sino por violación y otras lindezas que llevan a la conclusión de que nunca sintieron amor. ¿Se confundieron? ¿Cómo puede sustituirse por cualquier otro sentimiento a éste?

El amor por los amigos se liga a la complicidad, a la guarda de secretos, a las parrandas, a las orgías, a los hurtos grandes, medianos o pequeños y entonces se dice que no hay amistad como esa y se exhibe, se le dota, se le rodea incluso de grandes y nunca imaginados beneficios. Pero ese pretendido amor también conoce el derrumbe con tan sólo una noche de malas copas o por el antojo de aparearse con la misma mujer o con el mismo hombre. Amigos hasta la muerte, se prometen en más de una ocasión y en otras tantas así termina, con un crimen cometido por alguno de los que hicieron pacto, de los que se juraron lealtad y al final cada quien mostró no solo su verdadero rostro sino la podredumbre interior.

¿Adonde quedó el amor por la humanidad, por la naturaleza, por la creencia religiosa? Eso sí que es muy difícil de contestar. Las guerras, las explotaciones laborales, las condiciones indignantes de vida de millones y millones de seres humanos nos revelan claramente que ese sentimiento ya es prácticamente inexistente y que sólo privan los negocios, la generación de riqueza, el abuso de unos hasta llegar a una moderna esclavitud en la que las leyes, creadas por los propios hombres para conservar principios que beneficien a los seres humanos, las permiten y son elaboradas y autorizadas por quienes, obviamente, están ausentes de tener ese sentimiento.

Esos mismos hombres odian a la naturaleza y tal vez al mismo planeta. La depredación de bosques, selvas, la contaminación de ríos, cenotes, mantos freáticos y del propio e inmenso mar dan cuenta de ello al igual que todos los permisos para perforar la tierra basados en la modernidad y las exigencias de un presente que de seguir así ya no será el futuro de la humanidad. Hay partidos políticos dizque nacidos y dedicados a la tarea de la preservación y sin embargo se dedican también a la explotación en ambos sentidos, tanto en el natural como en el laboral. El mejor ejemplo esta tanto en Chiapas como en Michoacán, en donde los de nacionalidad china han hecho las mejores extracciones de minerales y otras materias primas cargando sobre sus hombros el señalamiento de ser los campeones en la destrucción terrícola y en la esclavitud.

Ya en las creencias religiosas las cosas cambian porque resulta que lejos de contar y de seguir el ejemplo de quien se ha pregonado durante más de dos mil años murió, se dejó crucificar en un acto de amor supremo, se tiene temor a los castigos que pueda enviar cuando son desobedecidas sus leyes, los mandatos divinos. De todos los amores, el que se le tiene a Dios o a su hijo Jesucristo nace más de una necesidad que de un reconocimiento pleno de sus bondades aún y cuando se le tenga como el creador del Universo. El desvío del sentimiento ha estado a cargo, por supuesto, de seres humanos que utilizando su nombre han impuesto leyes que nada tuvieron que ver con sus enseñanzas o que sean resultado de su prédica.

Todavía está el amor por los animales y ejemplos existen de quienes en verdad aman más a un perro que a otro congénere. Herencias millonarias han estado destinadas a los gatos o a los zoológicos y se advierte que una vez que se conoce la materia prima de los humanos es mejor la lealtad de quienes, estando en el mismo reino guardan comportamiento que son mucho más aceptables y que de no ser por sus congéneres pensantes ninguna de sus especies estaría en riesgo de extinción.

Y, no está mal recapacitar un poco en el amor pero con una característica que nos hace dudar plenamente de su existencia como tal o como se ha pretendido que se sienta y se crea. Cuando se pierde la memoria, desaparecen todos los amores. No se reconoce a los hijos, tampoco a la esposa, ni a la madre, ni al padre, ni al gato, ni al perro, a ninguno de los que juramos una y otra vez amar más que a nuestra propia existencia. ¿Entonces el amor está en el cerebro? ¿Hay neuronas que aman y otras que odian? Si perdemos la memoria también nos olvidamos del amor y es aquí donde pierde toda su validez el dicho de que “la sangre llama”, ni la sangre ni nada de nada y cuando ni las firmas se reconocen… ¿se sentirá uno libre?

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