#Lamento de San Fernando.

Publicado el julio 6, 2012, Bajo cultura, Autor Nonoy.


Publicado en HISTORIAS DE NADIE Diego Enrique Osorno Jueves 5 de Mayo de 2011.
PREFACIO
Soy San Fernando, el pueblo de los migrantes asesinados, el de las fosas y cadáveres desenterrados, el de los cárteles y la guerra. Las voces que hablan sobre mí resuenan asustadas en el mundo. El mundo pensará entonces, no sin razón, que soy un pueblo macabro.
Pero no soy macabro. Soy un pueblo atropellado, estoy herido, sangro y lloro y, ¡Oh Dios!, me lamento. Yo soy el primer sorprendido ante lo que ha sucedido, el primer aterrado. También yo siento miedo.

El mal no soy yo, el mal no es mi gente, el mal no es mi tierra ni mi sol ni mi viento. El mal llegó un día y se quedó. Mi gente no es pusilánime, mi gente es brava, como brava es la gente de las tierras áridas del norte de México.
Ante la tierra agarrada y terca, mi gente se hizo tenaz para arrancarle frutos; ante al temporal incierto, mi gente se hizo estoica para aguantar los embates. Mi gente acerada escogió ganado correoso para que juntos aguantasen las sequías, mi gente incansable encontró cultivos que pudiesen crecer aun con sed. El ganadero cría, el agricultor siembra, el pescador hace su redada y todo mundo se somete con determinación y optimismo al temporal.
Ellos, los que llegaron, son otra cosa.

PRÓLOGO
En estas tierras,
igual de pastizales gordos
que de sequías hambrientas,
igual de espigas rebosantes
que de raquíticas hierbas,
igual de redes plenas
que de infructuosas salidas al mar,
mi gente nunca vive tan contenta
como cuando llega el temporal.

La lluvia tintineando
en los metales sueltos,
el olor áspero de la tierra
recién mojada,
el polvo apaciguado,
y los truenos iracundos
que se vociferan
las nubes en el cielo
y hacen temblar los espejos
en las casas,
son la buenaventura.

El tortillero, el zapatero, el músico
el comerciante y el restaurantero
el albañil y el mecánico
el agricultor y el ganadero
están contentos cuando llueve,
cuando llueve a tiempo.

Aun la ocasional gotera
que la lluvia desvela en las casas
es lidiada con regocijo,
mis gentes
recogen las gotas
que chorrean desde el techo
en cacharros de metal,
para que caigan ruidosas
y conviertan la lluvia
en una sinfonía
que dice y que repite
y que vuelve a repetir
que está lloviendo,
que la cosecha es posible,
que la becerrada también,
que la tierra rendirá
y que porque la tierra rinde,
todos en el pueblo estarán bien.

Yo, San Fernando,
soy en ese momento
paradigma de progreso,
en mis caminos abundan
camiones repletos de sorgo,
de maíz, de frijol,
camiones completos de ganado,
camiones frigoríficos cargados de pescado,
de camarón;
las trilladoras van,
los tractores vienen,
las cultivadoras se pavonean
en los sembradíos,
las vacas se contonean
en los pastizales verdes
luciendo cría,
y en los atardeceres de horizontes rojos
y calientes,
mi gente cansada y satisfecha
ríe junto a los asadores
platicando los incidentes del día,
bebiendo a sorbos
un tarro de cerveza fría.

Hay veces,
sin embargo,
que la tierra no da,
que el temporal no llega.

Todo mundo lo sabe
porque todo mundo lo ve.

Cuando el campo se agosta
el paisaje pierde sus colores,
se instala la grisura,
los matorrales espesos
esqueletos de espinas
que la vista atraviesa sin tropiezo,
el ganado enflaca,
las vacas malparen,
los becerros enferman

En los sembradíos
las plantas son ralas
y no espigan
si acaso espigan,
las raras espigas no progresan.

A la canícula
siempre sofocante
se añade
ese estado de ánimo
entre la agitación y la expectativa.

Mi gente redobla sus quehaceres
con tanta bullanga
como en los días de trilla,
los agricultores
que ven perdida su cosecha
se apresuran
a convertir los sembradíos en forrajes,
forrajes que compran
inquietos ganaderos
para aliviar a su vacada,
las carreteras
se pueblan de camiones cargados de pasto,
los campesinos chamuscan las espinas
de los nopales
para que los animales puedan tragarlos.

Mi gente sanfernandense
es gente valiente
que afronta esos días de sequía
con el afán de defender,
hay que salvar la vaca
o hay que salvar la cría,
hay que salvar la espiga,
o la lancha o la yegua
o la comida.

Y yo los veo,
tratando de salvar las cosas,
mientras el sol testarudo brilla
inclemente
sobre la tierra encalmada
y los buitres,
en pugna con mi gente,
vuelan negros, majestuosos
e igualmente tenaces en mi cielo
un cielo canicular, claro,
sin lluvia.

Otras veces,
el temporal es bueno
y la suerte como quiera embiste a mi gente.

Llegan los huracanes con vientos furiosos
que arrancan a su paso
todo lo que es posible arrancar;
techos, cosechas,
papalotes,
bodegas, paredes.

Las casas se construyen para resistir,
pero no todo mundo se las puede pagar.

Yo, San Fernando,
he visto cuando el viento huracanado
arranca un techo
y se lo lleva
retorciéndolo
mientras ulula
como lechuza asustada,
he visto como familias enteras
que ante el desamparo,
corren a guarecerse en el monte,
he visto a las madres
que con brazos desesperados
abrazan a sus hijos contra los ébanos
y los mezquites,
pensando que si el ganado subsiste
arrimándose contra ellos,
sus hijos también subsistirán…

Subsisten,
y al día siguiente,
esta gente sanfernandense
gente indómita,
con la mirada impasible
y la mente en el futuro,
da gracias a Dios
por haber sobrevivido
y empieza a construir;
otra vez el techo,
otra vez el abrevadero del ganado,
otra vez la bodega del sorgo,
otra vez el muelle y la lancha
y otra vez el temple de su carácter
para atravesarlo todo
otra vez
hasta el próximo huracán.

La suerte
arremete a mi gente
con males esporádicos,

Algunas veces
la becerrada completa
o la cosecha entera
o el lote procesado de mariscos
han sido pagados con un cheque falso.

Ante los reveses individuales
la solidaridad se manifiesta
igual que las goteras cuando llueve
–compadre ¡si hay que entrarle al baile,
yo huaracheo contigo!–
ya para entonces,
el compadre afectado,
trae la mente apuntada en el futuro.

Aquí en San Fernando el trabajo es un valor
y mi gente trabaja lo mismo
bajo los soles inconmovibles de agosto,
con el sudor resbalándoles por las sienes,
que frente al norte glacial de enero,
con el frío calándoles los huesos.

Habrá quienes remarquen
que estoy hablando en presente,
como si las cosas no hubiesen cambiado.

Es claro que han cambiado
y ¡de qué manera!
pero yo

San Fernando,
veterano avezado de la incertidumbre,
sé que por el carácter porfiado
de mi gente,
y por la naturaleza
inherente al ser humano,
el bien volverá.

I- ELLOS: EL ENGANCHE
El mal presente casi ni lo vimos llegar. Llegó poco a poco y llegó disfrazado. Ya instalado fue mucho peor que todos los huracanes y las sequías juntas. Venían del Sur, los delataban su acento y su jerga, transportaban drogas para los juniors estadounidenses; se oyó decir que no les convenía más hacérselas llegar por aire y por mar, y que así, habían decidido hacerlo atravesando México.

Yo, San Fernando, enclavado al pie de la gran Ruta Panamericana que baja desde Alaska hasta Chile y estando a poco más de cien kilómetros de la frontera con Texas, resulté ser un sitio ideal para operar ese tráfico hacia nuestros adinerados vecinos. Al principio Ellos, los que llegaron, hicieron vida paralela a la de mi gente. Andaban, supongo, conociendo, orientándose, tanteando. Dijeron que se llamaban los Zetas y debo admitirlo: lograron enganchar a algunos sanfernandenses; hombres jóvenes a quienes les faltó lucidez, les faltó entereza, y sobre todo, a quienes les faltaron agallas. Imaginaron acaso que sólo se trataría de ganarse la vida llevando paquetes inocentes a través del puente internacional.

II- LOS OTROS: COMO ACUCHILLADA
Aquí cambió todo casi de la noche a la mañana, cuando, hace escasos un par de años, llegaron Otros. Venían del Poniente, eran docenas y los delataban las placas foráneas de sus camionetas robadas. Dijeron que eran los del Golfo y que estaban allí para exterminar a los Zetas… La violencia se vino encima con la rapidez de un huracán que toca tierra, y aquella presencia paralela, en medio de sus querellas, se metió en la vida de mi gente como una cuchillada. Nadie supo cómo defenderse de este nuevo mal.
Mis productores; agricultores, ganaderos o pescadores, mediante secuestros y extorsiones han sido descapitalizados, el fruto del trabajo de una y hasta de varias generaciones lo perdieron de tajo, algunos secuestrados no han vuelto. Productores prósperos han sido asesinados, nada más porque trabajaron duro toda su vida y tenían bienes a despojar. Comerciantes grandes y comerciantes pequeños, han sido una y otra vez extorsionados. Restaurantes, negocios y casas han sido atacados y aun destruidos con saña, algunos ranchos han sido saqueados, otros expropiados y convertidos en guaridas.
Mis viejos se enferman y mueren prematuramente de preocupación. Mi gente no sabe como persistir cuando les dicen: “sabemos en donde vives, sabemos a que escuela van tus niños”. Ante la desgracia colectiva, un compadre no puede hacer mucho por otro, y aparte de los compadres, nadie ayudó a los productores con problemas, nadie a los comerciantes, nadie a las viudas ni a los huérfanos. ¡Nadie Felipe! Nadie ha ayudado a mis muchachos que son acosados por los Reclutadores, nadie ha ayudado a mis muchachas ¡ay! a mis pobres jovencitas violadas. ¡Nadie Felipe!

III- LA SOLEDAD DEL HIGUERÓN
Supongo que ya se sabe:
este año
no voy a poder librar mis cuotas de carne,
de granos,
de pescado…
mi gente no puede trabajar más,
se va de aquí.

Los que no pueden irse
se esconden,
mis calles ahora están vacías,
muy vacías;
en la plaza los niños no juegan,
las parejas no se besan más
bajo el higuerón,
no hay música los domingos,
ya no oigo risas
y tampoco hay fiestas.

IV- LOS 72 MIGRANTES
Se oyen,
ya se sabe,
balaceras y más balaceras,
y más balaceras.
Y ahora se oyen también
las voces que hablan de ellas,

voces que resuenan por el mundo,
y el mundo que nunca oyó de San Fernando
ahora me asocia con ellas,
con las balas y con las vidas truncadas
que esas balas atraviesan.

Sepan,
sepa el mundo
que yo, San Fernando,
también yo he perdido vida.

Me duelen las balas
y los hombres que éstas asesinan,
sangro con ellos,
me duelen ¡Ay! me duelen
las mujeres forzadas, lloro con ellas,
lloro también con las madres, con las viudas,
con las huérfanas.

Y los migrantes

¡Ay mis migrantes!

No fui yo, San Fernando,
no fue mi gente que ni siquiera lo advirtió.

Que sepan sus madres y sus viudas,
que sepan sus hijos y hermanas,
que sepa el mundo
que no fui yo.

En esa hora fatídica
yo, San Fernando,
acompañé con piedad a mis migrantes
y ahora los he adoptado para siempre.

Ese día,
aquí
en la duplicidad azarosa de mis campos,
estaba yo con ellos,
había conmigo el sol,
el mismo sol cálido y generoso
que en primavera hace reventar las semillas de sorgo
en las entrañas de mi tierra,
llegó benevolente y tibio
y abrazó los cuerpos aguerridos de mis migrantes.

Había conmigo el viento,
el mismo viento bienhechor
que toca la Laguna Madre
y llega fresco
a aliviar al ganado de la solanera,
llegó benigno,
acarició las mejillas
y acomodó con dulzura
mechones de pelo de mis migrantes.

Había conmigo la tierra,
la misma tierra que con sed industriosa
absorbe humedades portadoras de vida,
su presencia compasiva
bebió lágrimas y bebió sangre
de mis migrantes.

No, mis migrantes no estaban solos,
estaba yo, San Fernando, junto a ellos,
yo fui testigo del valor, del aplomo,
del discernimiento,
las solas armas que mis migrantes portaban.

¡Ah la entereza!
cuando los animales del infierno
que sitian mi suelo
quisieron reclutarlos,
cuando quisieron ponerle precio a su albedrío,
mis migrantes defendiendo su destino,
dijeron No,
vivieron No…

No, No, porque no quisieron dejar de ser hombres
y mujeres
de bien
un No lleno de humanidad
que resonó en mi tierra
más fuerte que todas las balas juntas,
un No de sensatez y de firmeza,
un No intrépido que defendió su libertad.

Yo, San Fernando,
presencié su honra y su audacia,
yo recogí los últimos respiros de sus afanes truncados,
recogí sus valores,
esos tesoros que llevaban consigo mis migrantes.

Recaudé valentía, integridad,
perspicacia,
recaudé juventud, fuerza.

Yo, San Fernando,
recaudé la esperanza y recaudé el sacrificio
y he quedado a jamás
fortalecido por ésos mis soldados casuales de la libertad,
mis mártires imprevistos de la esperanza.

¿Será el amor lo que hizo buenos a mis migrantes?
¿qué brazos los mecieron cuando niños?
¿qué labios los besaron cuando grandes?
¿o será su sangre?
¿qué genes de Bolívar, de San Martín, de Cahuide
reverberaban en sus cuerpos?
o ¿qué sol les enseñó a ser fuertes
mientras tostaba su piel en las faenas?
¿qué viento los preparó a ser firmes
cuando aliviaba con brisas frescas su pena?
¿qué tierra impasible los parió tan llenos de esperanza?

VI- GRITAR
Me pregunto si soy yo, San Fernando, un punto igualmente estratégico para pasar un mensaje. Si quizá fue por eso que mis migrantes precisamente aquí dejaron su vida y por eso es que yo tengo que cargar con la vergüenza de su muerte. Para que desde aquí, al pie de esta gran Ruta Panamericana y con ese peso tan grande en mi garganta, yo grite un mensaje, para que lo grite con un grito tan robusto y estruendoso que se propague hacia el Norte y hacia el Sur, gritando mucho y gritando fuerte, para que el mensaje suene y resuene estridente por toda la gran Ruta Panamericana, para que suene y resuene con ecos desde el Yukón hasta la Patagonia.
Gritar hacia el Norte, a ustedes mis pudientes vecinos estadounidenses, a ustedes los adinerados que consumen esas drogas cuyo tráfico deja a su paso tanta desgracia ¿Saben ustedes lo que fuman? The weed you smoke is stained with destruction, unspeakable murder and the most horrific rape. Are you listening Lady Gaga?
A mis prósperos vecinos que fabrican rifles automáticos que aquí en San Fernando matan, ya sé que a ustedes no les importa, pero no se les olvide agregar al peso que porten sus flacas conciencias todos mis muertos de bala and there you have a real reason to cry John.

A los legisladores, are you following Harry ? mis migrantes envían un recordatorio a propósito de armas automáticas, those rifles that your people are sending to us Barak.

Gritar desde aquí a ustedes los Zetas, los del Golfo y todos los demás de su clase, hacia el Norte y hacia el Sur, a ustedes almas de estiércol que defecó el demonio. Ningún animal ejecuta a sus semejantes como ustedes cobardes a mi gente y a mis migrantes. Ninguna bestia maltrata a sus hembras como ustedes perversos a mis muchachas. Ningún bruto destroza las obras de sus congéneres como ustedes destruyen lo que son incapaces de construir. ¡Ah los grandes cobardes! si un ápice de humanidad les queda en algún rincón de su alma miserable, huyan, busquen quizá una iglesia e intenten volver a ser hombres. Sería el único acto de valor del que pudieran alguna vez ufanarse, miren que ir siempre en montones y armados contra la gente de bien es solo de miedosos apocados como ustedes.

Gritar hacia el Sur, hacia esas selvas gloriosas donde por las sombras el sol no quema igual que el mío, sabemos que es bajo las ramas frondosas que se cultivan esas hierbas… Lula tiene razón ¡hay tanta pobreza! Pero que sepan los campesinos, por lo menos que sepan que el pan enjuto que traen a sus hijos está lleno de luto.

Gritar aquí a mi gente, a todos los mexicanos de bien, que finalmente somos la mayoría… pero ese grito se los dejo a ustedes. No me dejen solo a mí, San Fernando, con este mensaje tan pesado, no me pidan a mí solo que se los ponga en palabras ¿que les dicen los migrantes?

EPÍLOGO
Es primavera, los cenizos, los patoles y las anacahuitas florecen en los matorrales a mi alrededor, sus colores me traen a la mente la memoria aun fresca de tiempos más amables y me traen también buenos augurios del mañana. Yo, San Fernando, con mi paciencia dos veces centenaria, con mi comarca dual y caprichosa, con mi convicción firme de prevalecer, espero aquí a los míos con ilusión.
Autor: Habitante de San Fernando, Tamaulipas, México.
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