#¿De qué se ríe, señor Presidente?

Publicado el julio 6, 2012, Bajo Columna de opinión, Autor Nonoy.


Por Darío Ramírez en Por Esto! Yucatán, México.

Sentado frente al televisor esperando el aviso del Consejero Presidente del IFE sobre el PREP. Manos sudorosas, expectativa indomada. Al filo de la butaca. Aparece a cuadro el Dr. Valdés. Sus ademanes eran ensayados, hablaba sin pasión. Cual ventrílocuo, afirmaba que México había vivido una fiesta democrática. La jornada electoral había transcurrido sin violencia. Ahí el primer suspiro salió intempestivo. El primer miedo estaba desterrado. La violencia, a la cual nos estamos acostumbrando, no se había hecho presente en la cita electoral.

Continuó el Dr. Valdés advirtiendo que daría a conocer las tendencias del conteo rápido. Se suspendió la respiración. El candidato Peña Nieto llevaba una ventaja considerable del segundo lugar, López Obrador. Se confirmaban cinco puntos porcentuales. Ventaja que difícilmente podría ser revertida. Los hombros cayeron en señal de rendición. El PRI ha regresado. Mi hijo crecerá sus primeros años bajo un régimen priísta, fue lo primero que se vino a mi mente. No hay nuevo PRI, nunca ha habido. Regresa el titiritero que nos gobernó por largas décadas.
Ya en completa resignación. Sin la esperanza con la que había comenzado el día, apareció en mi pantalla Felipe Calderón flanqueado por un retrato de Francisco I. Madero y la bandera nacional. En su rostro, una evidente sonrisa. Me desconcertó su buen humor. Ya no sólo era el Presidente que durante su mandato fueron asesinadas 60 mil personas, ahora se sumaría que fue el Presidente que le volvió a colocar la banda presidencial a un priísta. Pero no sólo a un candidato de ese partido tricolor, le abría paso a ese sistema clientelar, corrupto y autoritario del cual se ha nutrido toda su historia ese partido político. Para muestra sólo hay que ver los estados que ha gobernado siempre, como Veracruz.
Desconcertado por la sonrisa de Calderón, tuve que pedir una segunda opinión. Mi consulta ratificó mi asombro. Sin dejar que corrieran los tiempos electorales, el Presidente salía en cadena nacional para tenderle una mano amiga al candidato priísta que, por lo que se había anunciado recientemente, llevaba la delantera en las preferencias. Me pareció un claro madruguete que llevaba la intención de sofocar el ánimo del candidato perredista. No era momento de felicitar a nadie, me pareció. Al apagar el televisor en voz alta me pregunté: ¿De qué se ríe, señor Presidente?, ¿de qué se ríe? La sonrisa presidencial era perturbadora en sí. Pero más cuando pensé todo lo que se podría haber negociado para el cambio de partido en el gobierno federal. Aquella historia de un férreo antipriísmo de Calderón había sido desterrada para aceptar el retorno democrático de una lustrada maquinaria política. ¿Qué se habrá negociado en esa cúpula de la real politike? ¿Cuántos pases de impunidad se habrán acordado? Supongo que es cuestión de esperar.
Mientras deambulaba nervioso por los resultados electorales, me llamó la atención los pocos puntos de diferencia entre el primer y segundo lugar. El hecho distorsionaba con la narrativa impuesta por los medios de comunicación y las casas encuestadoras. La narrativa impuesta durante el proceso claramente hablaba de una ventaja de dos dígitos de diferencia. Los días subsecuentes algunos medios de comunicación y encuestadores salieron a decir: “nos hemos equivocado”, tan tan. La aceptación de su mal trabajo me ha dejado intranquilo, ¿será posible que con ese cinismo e impunidad de sus actos se dé por cerrado el capítulo? ¿Es suficiente salir a decir mea culpa y seguir como si nada hubiese pasado? Me detuve a recordar cuántas veces en conversaciones había escuchado argumentos derrotistas que se basaban en las famosas encuestas que daban una ventaja prácticamente inalcanzable. “Yo en las encuestas sí creo”, escuchaba a periodistas de importantes casas editoriales repetir continuamente. De esta manera, la narrativa de la victoria priísta se fue tejiendo firmemente con el contubernio de los medios de comunicación que imponían números –ahora sabemos que falsos– en sus primeras planas o noticieros principales. Cada semana, Mitofsky lanzaba en el noticiero de radio de Joaquín López Dóriga su encuesta que arrojaba una cómoda ventaja del PRI. El Grupo Milenio exponía sus números todos los días. El objetivo estaba claro: imponer una clara idea de victoria priísta en el imaginario colectivo electoral.
La libertad de prensa claramente otorga el derecho a que cada medio de comunicación adopte una línea editorial de acuerdo a su manera de ver el mundo. Los límites legales están perfectamente descritos en tratados internacionales y en la Constitución. La mentira o desinformación no está inscrita como un límite legal. De ser esta premisa cierta, entonces los medios de comunicación que publicaron encuestas falsas están en su derecho de haberlo hecho. Desde una perspectiva legal, sí. Desde otra perspectiva, los medios de comunicación tienen un deber ante el derecho a la información de la sociedad. Pero hablamos del deber ser. La realidad es que la mayoría de nuestros medios de comunicación responden a otros intereses metainformativos; y no a su razón de ser ante una sociedad que busca información veraz y oportuna para que ésta sea una herramienta que facilite la decisiones transcendentales, como es la de emitir su voto. He ahí la importancia del periodismo tan ausente en nuestro país. A pesar de que claramente hay algo muy podrido entre nuestro sistema de medios y sistema político, debemos alejarnos de la tentación de regular el contenido de los medios de comunicación, como han sugerido algunos líderes de izquierda. Mal haríamos si comenzáramos a coquetear con ese tipo de ideas autoritarias.
La sonrisa cínica del Presidente, la falsa información de los medios de comunicación, los cientos de evidencias de compra y coacción del voto claramente demuestran lo inmaduro de nuestra democracia cooptada por los partidos políticos. El resultado electoral reafirma la necesidad urgente de una profunda reforma política que beneficie la competencia democrática y lastime severamente los intereses partidistas. Por el otro lado, la necesidad de fortalecer la diversidad de los medios de comunicación con el único fin de salvaguardar el derecho a la información de la sociedad mexicana. El 1 de julio de 2012 no fue un buen día para la democracia mexicana. Pero sí marca el inicio de redoblar esfuerzos para cuidar ferozmente lo que hemos ganado desde que echamos al PRI de Los Pinos.- (Sinembargo.com)

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